domingo, 7 de noviembre de 2010

Deseo, drogas y más allá

Es habitual alarmarse un poco cuando alguien cercano, o nosotros mismos, comienza a beber de más y con frecuencia. Social y médicamente suele haber persecución sobre aquel quien abusa del alcohol: se le llama adicto, es señalado, diagnosticado y bombardeado por diversas buenas personas preocupadas por su salud. Se quiere curarlo o liberarlo de su enfermedad: el alcoholismo.  Y el sujeto ¿quiere ser curado?, ¿es su “bebe” algo a ser curado en el mismo sentido en el que lo es la salmonelosis o la apendicitis?, ¿qué relación establece el sujeto con su bebida -una relación intensa ciertamente-?
Una sustancia química o natural por sí sola no hace adicto a nadie, ni su consumo per se; es preciso el continuo consumo y la subsecuente obtención del placer propio de cada producto. Las campañas contra el alcoholismo y la drogadicción apelan a la razón o a la culpabilización del consumidor haciéndole el inventario de las nefastas consecuencias orgánicas  (enfermedades sistémicas, susceptibilidad a infecciones, falla renal, cardiaca, etc., etc., etc.) y familiares (abandono, divorcios, división, repudio de los hijos, etc.) de su “enfermedad”, sin embargo, frecuentemente fallan en su cometido. No basta con informar a alguien sobre las consecuencias de sus actos para cambiar su comportamiento, la inteligencia y la razón no rivalizan con el tremendo arrastre que posee el placer obtenido por el consumo de sustancias estimulantes; no es difícil constatar que muchas personas consumidoras de drogas conocen a la perfección las consecuencias negativas de sus actos y aún así continúan y continúan. Lo mismo ocurre con muchos enfermos de diabetes: saben lo estricto de su dieta y no pueden dejar de tomar refresco de cola, pan dulce y demás. Los médicos internistas ven frecuentemente casos de personas que reingresan constantemente por tomar “unas cuantas cervecitas” cuando padecen cirrosis hepática, por ejemplo. 
Para comprender estos comportamientos humanos es necesario establecer un hecho: fumar, beber, comer  y  drogarse son placenteros. Estas acciones humanas conciernen al cuerpo, a la dimensión aquella en donde el sujeto se compromete en un lazo erótico en el cual el cuerpo gozante se pone en juego, se apuesta con él y se usufructúa: ganancia y pérdida de placer. Así las cosa, notamos como quedan excluidos el pensar, la cognición y la voluntad del vínculo erótico del sujeto con su objeto-sustancia; persuadir a alguien de dejar el alcohol o las drogas, si se insiste en ello, no es cosa fácil si se trabaja en la ingenuidad, en la buena voluntad o, peo aún, por el bien del sujeto. De cualquier modo no es fácil.
Eros (ερως) ha sido mal comprendido en las tradiciones literarias y culturales occidentales puesto que suele confundirse con amor (love, amour, Liebe). La imprecisión en el uso de estos términos, a más de mostrar falta de rigor en el pensamiento, refleja un equívoco original proveniente de la censura e inconmensurabilidad de ambos términos por parte de los escritores cristianos. No faltan inexactitudes y ambigüedades a la hora de establecer cuándo, dónde y quien o quienes escribieron los evangelios, el documento más antiguo conocido es el papiro p77 que contiene nueve versículos de una copia del evangelio de Mateo y ha sido datado cerca del año 200 D. C. y está escrito en griego. No se tienen hallazgos de documentos anteriores ni mucho menos escritos en otra lengua. Fue Jerónimo (San Jerónimo) en el año 382 quien comenzó a traducir del griego al latín (Vulgata) los evangelios y los terminó en el 405.
La influencia que la literatura cristiana tuvo en occidente a través del imperio romano primero, y posteriormente con la iglesia católica, favoreció la imprecisión e incomprensión de toda una zona de experiencia conocida por el mundo griego mediante la palabra ερως. En lugar de ella, los evangelistas optaron por el uso de las palabras agape (αγαπη) y filia (φιλια) para referirse a formas de Ser que no corresponden con la vivencia griega. Agape suele traducirse como “amar” pero en el sentido de “acoger con cariño” desinteresadamente y también caridad; suele referirse al hecho de amar a dios (αγαπησεις Ѳεον). Por otro lado, filia es claramente un afecto que puede ir o no acompañado de atracción física y en forma sustantiva el castellano vierte como “amistad”, en todo caso, se infiere un matiz de “gusto”, “afición”, “interés”, tal como ocurre en la palabra φιλοσοφια (philosophía): se dice de quien está en amistad, tiene el gusto por, siente interés por… la sabiduría.
Eros en cambio, alude a otra cosa. Una feliz traducción al castellano sería deseo, aunque, habría que diferenciarlo de “anhelo”, eros refiere mucho mejor a “deseo sexual”. Aquí la definición que da Sócrates en el Fedro de Eros:
“El deseo irracional que domina la opinión que se tiene de lo recto, que se deja llevar hacia el placer de la belleza, y que se encuentra fuertemente reforzado por otros deseos semejantes a él relativos al cuerpo […], tomando su nombre de su propia fuerza, se llamó Eros.”
Así las vivencias eróticas son aquellas en dónde el sujeto (principalmente su cuerpo) se halla en estado deseante: buscando activamente aquello que cree podrá completarlo, satisfacerlo acaso. Nadie busca aquello que posee, en todo caso lo hace para poseer más (lo cual evidencía de nuevo su carencia): buscamos (deseamos) lo que nos falta y, en el horizonte de los objetos  (reales o fantaseados) supuestamente capaces de satisfacernos, el “adicto” sitúa su preciada sustancia.
 Pero no sólo quien desea alcohol o drogas, sino también el amante pone allí a su amada (o amado), el emprendedor a su “amada” empresa, el artista su obra… es decir, en toda búsqueda apasionada por hallar ese objeto enigmático que nos completaría (ese oscuro objeto del deseo, Luis Buñuel) actúa Eros.
Finalmente; la droga con sus artilugios químicos no basta para crear una adicción, es preciso que, tras varias experiencias placenteras, el sujeto comience a necesitarla, a no poder abandonarla (así como no se abandona fácilmente a un amante). Jesús Martínez Malo es mucho más claro en su artículo del número 5 de Me cayó el veinte: “[Necesidad de gozar con la sustancia] Goce mortífero […] goce a cualquier costo, sin ningún límite, obtenido a cualquier precio, incluyendo el riesgo de la muerte (¿qué es sino una “sobredosis” mortal producida, digamos por heroína o barbitúricos, en la que el cuerpo llegó y sobrepasó el límite permitido al goce?)” El goce implica un límite, uno que es vulnerable en el conocido “pasón” o tolerancia: la necesidad de consumir cada vez más producto para producir el mismo efecto. El más allá  es para los muertos.

Angel Pereyra

El suicidio, una forma de morir (primera parte)

En este artículo subrayo un rasgo presentado por cada acto suicida: el suicidio es una forma de morir, es una vía para que la muerte se haga visible en nuestras vidas. Ese trazo desata entre los sobrevivientes un monto de tristeza de bastas dimensiones, tristeza que inicia o acompaña al duelo, sea cual sea la causa de la muerte. Un suicidio nos afecta, pues implica una muerte y con ella, la desaparición de un semejante, es la muerte de una parte de sí mismo que está en el “exterior” o que viene del “exterior”. ¿Cuál?...

Un ser enloquecido está en cierta forma muerto porque no participa de lo que nosotros consideramos como vida: la comunicación, el amor, el placer, el trabajo. De cierto modo es un objeto, su cuerpo no existe aunque se mueva. Está sumido en el silencio aunque hable, porque dice cosas que nadie comprende. Los muertos no hablan y los locos tampoco lo hacen porque  nadie los entiende. 

Acallados, Martha Pacheco, pintora, Guadalajara, junio, 1994[1].

Estim@dos lect@res propongo localizar un trazo del acto suicida: cada  suicidio es una forma de morir que hace presente la muerte para cada sobreviviente. Esa huella despliega entre los sobrevivientes, en ocasiones: un monto de tristeza, desgano y fatiga, ausencia de actividad sexual que acompañan al duelo, sea cual sea la causa de la muerte.
Un suicidio nos afecta, implica una muerte, y con ella, la desaparición de un semejante. Es la muerte de una parte de sí mismo que está en el “exterior”: el adiós a la vida de un ser querido o inclusive de un ajeno ¿Cuál parte de sí mismo? Conviene subrayar este trazo pues en la actualidad, a veces, las “teorías psi…”  añaden leña a la caldera de la victimología. Esa teorías le añaden al dolor de una muerte los supuestos “efectos traumáticos” que atribuyen a quienes viven una pérdida ¿Será poco el dolor de quien lo vive que el mundo “psi” propone sumarle más “traumas”? ¿Quién decide que las “víctimas” de una inundación, de la caída de un edificio, de un terremoto o del incendio de un local de baile tienen que recibir atención “psicológica”, “psicoanalítica”, “psiquiátrica”, “psicoterapéutica”? ¿Cómo es que se obliga a esas personas a recibir tratamiento de forma obligada?
Veamos, según el Taller de Primeros Auxilios Psicológicos, Facultad de Psicología, UNAM, México, DF, se dibuja el siguiente cuadro: El impacto psicológico que enfrentan damnificados de huracanes, sismos, explosiones en grandes ciudades o víctimas de violencia social se puede tratar de inmediato para evitar traumas posteriores (Periódico Reforma, México, DF, 16/07/2005).
El dolor que, quizás y sólo quizás, experimenten los sobrevivientes por esa forma de la muerte es un hecho sólo si ellos así lo viven ¿Cuál es el tiempo para ese dolor? Allí estamos ante un dolor fuera de la urgencia, ese dolor en ocasiones perdura toda una vida. Peor aún, perdura más si se le exige ser breve y pasar a otra cosa.
El suicidio es una pérdida absoluta de una persona que se lleva algo con ella. Es, no es seca ni tampoco es húmeda. La humedad, la sequedad, el tono seco lo muestran aquellos que sobreviven a esa muerte al quedar afectados por ella. Convendría notar que no es obligatorio para nadie estar afectado por la noticia de una muerte. Los deudos de una persona que fallece, sea por suicidio, sea por causa “natural”, muestran una forma singular de darle cuerpo al desaparecido: en este sentido pueden tomarse los informes médicos que indican el aumento de trastornos corporales en los sobrevivientes que mantienen un lazo hecho por el deseo con una muerte a causa del suicidio.  El suicidio y la muerte “natural” nos recuerdan algo de lo que no queremos saber nada: estamos hechos para la muerte. Ella nos espera sin que podamos saber cuándo pasará a buscarnos. El suicida tampoco controla la vida, por eso se suicida. Su preparación o planificación no implica tener un control sobre la vida y la muerte, el suicida carece de opción, no elige lo que hace. El suicidio pone en tela de juicio el control de su “vida”. Una demostración de ausencia del dominio son los suicidios fracasados.
Suicidio: filosofía, poesía
Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura menciona a Quirón que, pudiendo disfrutar de la vida y de la inmortalidad, prefirió la muerte. Nietzsche indicó la tragedia del asno que sucumbe ante una pesada carga. ¿Quién puede obligarlo a soportarla? ¿Quién logrará convencerlo de que su muerte sería una “puerta falsa del narcisismo” ante el peso que lo agobia?
Estos filósofos mostraban la extraña articulación entre suicidarse y tener un saber respecto de la vida: ella no vale nada. De la boca de los sabios –los que algo saben- han salido palabras llenas de dudas, plenas de melancolía, de cansancio de la vida, de resistencia contra la vida. Freud, en Más allá del principio del placer no retrocedió un ápice y escribió: La meta de toda vida es la muerte, y, retrospectivamente: lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo. Lacan, un poco más sutil y más incisivo, no dejó de subrayar la neotenia, la incompletud corporal, que acecha a cada humano. Lacan no dudo en colocar el acto analítico como la posibilidad de efectuar un suicidio del objeto a efectos de que el analizante viva una vida vivible.
Enrique Santos Discépolo, poeta surrealista y  autor de tangos describía con atinada pertinencia la queja que afecta nuestra vida: ¿Cómo olvidarte en esta queja…?/En tu mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas/yo aprendí filosofía…dados…timba/ y la poesía cruel/ de no pensar más en mí. El poeta anuda suicidio con sabiduría ¿Qué saber está en juego en un suicidio logrado? Más aún ¿Estaremos dispuestos a recibir el saber que nos concierne ante el suicidio de un ser querido? ¿Cuál es la cifra ignorada que nuestros suicidas nos dejan como herencia?


[1] “Acallados”, es el texto que acompañó la exposición de Martha Pacheco, pintora, Guadalajara, México. Son retratos de los cuerpos abandonados en el Semefo –la morgue- de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Ella añade: “Estos cuadros quizá no serán adquiridos para colocarse en la sala de estar de alguna casa”.

Alberto Sladogna

Volver a la nada

Comía con unos amigos cuando alguien comentó sobre el terrible accidente del hermano de uno de sus colaboradores y que lamentablemente lo tiene debatiéndose entre la vida y la muerte, luego, alguien más contó otro incidente y luego otro; sin darnos cuenta el tema nos acompañó durante toda la comida: la muerte se sentó a la mesa con nosotros. 

Al despertar y escuchar las noticias ahí estaba de nuevo, justo en el asiento del copiloto riéndose descarada se encontraba esta lúgubre compañera. El locutor anunciaba: “La lista de muertos por el crimen organizado aumenta y parece no cesar”, “Se  derrumba un cerro y hay once muertos”, “En el sur de México los ríos se desbordan y comienzan a cobrar vidas” y entre la naturaleza y el hombre, el cual no cesa de buscar su muerte, la parca camina felizmente entre nosotros. Curiosamente “hoy la muerte está más viva que nunca”.  

Obviamente, la muerte existe desde el inicio de la vida, es nuestra única certeza, nacemos para morir y la forma en la cual cada uno transita por la vida  tiene que ver con su relación particular con la muerte, con el modo en el cual caminamos inevitablemente hacia el polvo. Polvo eres y en polvo te convertirás -dicen en la iglesia- o lo que es lo mismo, en el origen, existía la muerte, la vida tiende al restablecimiento de sus orígenes.

Freud a partir de la observación clínica desarrolla un concepto maravilloso -pulsión de muerte- para definir una tendencia inherente a toda vida orgánica la cual se evidencia en actos encaminados a la búsqueda de un estado anterior a la vida.

El creador del psicoanálisis fue muy enfático en mencionar que dicho concepto partía de la observación clínica para no ser catalogado como un místico ni un poeta por esta idea.  Freud observó en sus pacientes la incesante repetición sintomática que sumerge en el goce al analizado y lo llamó compulsión a la repetición. La  compulsión de repetición es una ley general, en virtud de la cual todos los dinamismos psíquicos tienden al restablecimiento del estado inicial. 

Y es así como entra la muerte en el consultorio, como se pasea burlona, brincando como en celebración de día de muertos en el discurso del paciente cada vez que vemos una suerte de inversión de la perspectiva del tiempo. Como si se tratara de repetir todo aquello que me ha marcado en el pasado, como si tropezar con la misma piedra fuera parte constitutiva de los humanos. 
No es necesario esperar a Noviembre para mostrar nuestra fascinación por la muerte, no es necesario esperar los altares y las fiestas multicolor, basta con poner un poco de atención para encontrarla en todos lados. En nosotros mismos. En todas las veces que la pulsión empuja hacia lo inanimado, hacia el silencio, en esta sociedad buscadora compulsiva de su destrucción, que se acerca hacia el inicio.  Sólo que en el inicio estaba la nada.

Tal vez valdría la pena redescubrir esas primeras huellas repetitivas, en forma disfrazada, enigmática, sublimada o perversa con una monotonía incesante e intentar bajarnos de ese barco pues de otra forma quizá pronto logremos que no haya nada.



Rubén Salas

Muerte por placer

- ¿Y de qué murió? - Murió en la cama; un ataque al corazón - Por lo menos no sufrió.
- ¿Y de qué murió? - Ya estaba muy enfermo, su cuerpo no resistió más - Ya está descansando.
- ¿Y de qué murió? - Lo atropellaron cuando iba de camino al trabajo - Que mala suerte, pero a todos nos llega la hora.
- ¿Y de qué murió? - Estaba borracho y se “estampó” contra un poste - [Silencio]
- ¿Y de qué murió? - Murió de SIDA - [Silencio]

Si es que acaso existe una verdad universal, ésta es que todos vamos a morir en algun momento; sin embargo cada muerte es diferente. No es cuestión de decir que existen causas infinitas para llegar a ese momento, sino que cada contexto es individual y las reacciones ante la muerte de alguien dependen en gran medida de la identificación de un culpable: el paso del tiempo, el azar, la pasión, o las decisiones que tomamos día a día.

¿Qué pasa cuando creemos que la razón de la muerte de alguien es su propia búsqueda del placer? Cuando decimos que alguien “se lo buscó”, eso nos obliga a pensar que podemos ser nosotros los agentes causales de nuestro propio deceso y eso nos obliga a tomar (las más de las veces) una perspectiva moral.

Navegando por Facebook me encontré con una sorpresa: el “Obituario LGBTTTI Mexicano”; y eso me llevó a cuestionar mi propio conocimiento sobre el mundo de la diversidad sexual. El primer nombre en mi cabeza fue Carlos Monsiváis; después de él, desafortunadamente, mucha gente que en algún momento estuvo cerca de mi... pero cuando alguien muere de lo que menos se habla es de su orientación sexual.

En el México actual no son pocos los casos en los cuales, todavía, la familia de los hoy occisos intenta que la muerte de sus consanguineos pase desapercibida por el simple hecho de no haber sido heterosexuales; después de su muerte sólo hay silencio. Como si por el simple hecho de “entregarse al placer de ser homosexuales” hubiesen firmado un contrato que los obligara a morir prematuramente y en anonimato.

Hay quienes hoy en día todavía creen que aquellas personas que mueren de SIDA “se lo buscan” y “se lo merecen”; como si por placer lo hubiesen decidido. También hay quienes creen que un crimen pasional entre dos hombres es un tema del que no se debe hablar, y que si existe un crimen de odio por homofobia seguramente fue culpa del homosexual por haberse querido ligar al victimario.

La muerte, cuando está unida al placer y la culpa, lo único que provoca es silencio... y desafortunadamente los no heterosexuales hemos crecido acostumbrados a él. Es gracias a proyectos como el Obituario LGBTTTI* Mexicano y el Centro de Investigación y Documentación de las Homosexualidades** que a pesar de que no hemos podido romper el cerco del silencio, por lo menos hemos hecho al del anonimato tambalear.

*El Obituario LGBTTTI Mexicano recibe información a través de Facebook sobre cualquier persona mexicana de la diversidad sexual que haya muerto, sin importar la causa de su muerte.
**El Centro de Investigación y Documentación de las Homosexualidades está a cargo del Colectivo Sol y se dedica a recolectar y recuperar documentos históricos e historias de vida  de la comunidad LGBTTTI.

Pablo Herrera

La contradicción de existir

(Algunas reflexiones sobre la muerte y el goce desde la perspectiva de Bataille1)

El goce se sostiene en el más allá, y la vida se inscribe en el más acá
pero no en cualquier parte sino en el límite de lo imposible.


Leo entre líneas en el prefacio que el mismo George Bataille hace a su libro titulado “Lo imposible”3, que en el hombre existe por un lado el ser violento del horror y la muerte y, por otro, el de la dimensión real de la productividad  expresada por la ciencia. En esto radica su contradicción esencial, su ruptura, su división.
El hombre se percibe impotente ante la violencia de la muerte y no obstante trata de responder a ese imposible con su existencia. Las huellas que deja a través de la historia atestiguan su lucha. La literatura lo enfrenta, a través de la ficción y la poesía da un paso más intentando nombrar lo innombrable. Podríamos decir que en el principio de la humanidad está la violencia y a partir de ésta se organiza la lógica del ser vivo.
La muerte es la encarnación de la violencia y el horror que ésta le despierta al hombre al advertir  su destino en ella, le hace dar un paso atrás tratando de evitarla ¿cómo? trabajando. Cuando los hombres se someten a las leyes del trabajo instauran una colectividad que, sabiendo que va a morir intuye que es necesario reprimir la violencia para vivir, esta es la tesis que Bataille expone en su libro titulado “El erotismo”.   George Bataille, El erotismo, Tusquets Ed., México 1997 Pag. 48 y sgs.
El mundo del trabajo es el mundo de la razón con el que el hombre se opone al mundo de la violencia que sin embargo lo habita. El trabajo lo ordena, lo inserta en una comunidad con reglas e intereses comunes, lo aleja de la muerte que ahora puede contemplar como algo postergable. La muerte de sus seres queridos lo pondrá siempre en contacto con su propia muerte pero los rituales y el entierro del cadáver lo preservan de nuevas violencias.
Así nos damos cuenta que la violencia no es abolida sino reglamentada, está siempre en el hombre y nada evita que fuera de los límites de sus leyes pueda volver a ella  e incluso llamarla en caso de sentirse amenazado.
Bataille me hace pensar en la violencia de la locura y en lo grave que es separar al loco de la colectividad, de las leyes del trabajo. Con tristeza me enteré hace poco que una paciente que conozco bien del hospital psiquiátrico destruye, pega e intenta matar, con una violencia ajena a toda ley. Pienso que el resto del mundo se ha vuelto su enemigo y al sentir que no forma parte de la colectividad lucha contra ella ajena a las leyes que la rigen; la paciente carece de armas contra su propia violencia y la ejerce contra ella y contra los demás. La violencia es ella, se ha identificado con ella, no es ejercida como transgresión (para esto tendría que haber introyectado la ley) sino como expresión natural de su existencia. Los golpes la vinculan a la vida y a la muerte sin mediación simbólica, sin ley.
Nos enseña la historia que el hombre ante la muerte y ante la actividad sexual se queda desconcertado, turbado y no sabe qué hacer, por lo tanto, ha sido necesario reglamentarlas para poder lidiar con ellas. Esta ley  que posibilita el sexo y soporta la muerte, dice Bataille, tiene siempre como punto de mira la violencia que da pavor pero que fascina. Las coordenadas que nos proporciona Bataille en esta consideración son de una importancia fundamental para la comprensión del ser humano que encuentra en la transgresión el goce.
Ante un cadáver surge en nosotros un sentimiento de vacío que experimentamos desfalleciendo. Esto es similar al horror que nos producen algunos objetos, pero lo sorprendente es que podemos situar allí el principio de nuestro deseo en la medida de que ese objeto abre en nosotros un vacío no menos profundo que la muerte. Hay un vínculo entre la promesa de vida -que es el sentido del erotismo- y el sentimiento de pérdida total que es la muerte. Los muertos dejan su lugar a los vivos y la vida se inscribe en este ciclo, la muerte es condición de vida.  Por esto el hombre soporta la angustia hasta el límite queriendo vivir lo ilimitado confundiendo, fundiendo la sexualidad y la muerte. El hombre se engaña a sí mismo queriendo siempre un poco más, queriendo la inmortalidad.
Conviene aclarar que la sociedad humana no está fincada solamente en el  trabajo. Bataille divide el mundo en dos, al profano corresponderían las prohibiciones y al sagrado las transgresiones limitadas. El mundo sagrado es el mundo de las fiestas (en las que se suspenden momentáneamente algunas leyes), los recuerdos y los dioses. Y así, la transgresión organizada forma con lo prohibido un conjunto que define la vida social.
Lo sagrado designa los contrarios. Es sagrado lo que es objeto de una prohibición. La prohibición rechaza la transgresión y la fascinación la introduce. Lo divino es la prohibición transfigurada. Dios todo lo puede, no es casual que la mayoría de los delirios psicóticos incluyan a Dios. Dios está situado en poder lo que no se puede, en lo imposible.
El éxtasis se funda en la superación del horror, es decir en la transgresión, es ésta la que le da sentido, no la observación de la ley. El éxtasis se encuentra en un más allá siendo la abolición del límite lo que introduce al ser humano en  la dimensión del goce. Y el movimiento alternativo entre lo prohibido y la transgresión es escenificado en el juego erótico donde el deseo se abre ante el objeto prohibido, ante el objeto velado que se erige como tentación del hombre.

1 George Bataille (1897-1962) Poeta, filósofo y escritor francés que perteneció al grupo de los Surrealistas
2 George Bataille, Lo imposible, Ed. Fontamara México, D.F. 2007 pag. 14
3 George Bataille, El erotismo, Tusquets Ed., México 1997, Pag. 48 y sgs.

Carmen Tinajero

Horror de pais

“Si se legalizan las drogas, nos volveremos un país de drogadictos”, es un argumento frecuentemente esgrimido por quienes se oponen a la legalización de las drogas, por lo general personas que podríamos
calificar de conservadoras.

El argumento no tiene ni pies ni cabeza. Ya existen drogas de uso legal, como el alcohol y el tabaco, y no somos un país de alcohólicos y fumadores.

Resalta la similitud que tiene con algunos argumentos de quienes se oponen a reconocer los matrimonios entre personas del mismo sexo y la adopción por parejas del mismo sexo (“condenan a los
niños a ver el acto sexual anal”).

Por sus dichos, infiero que para tales personas, homosexuales y quienes usan drogas (posiblemente con la excepción del alcohol y el tabaco), son anatema.

Que horror debe ser, para ellos, vivir en un país en donde todo el mundo es drogadicto y homosexual a la espera la legalización de las drogas y de los matrimonios entre personas del mismo sexo para dar cauce, de forma legal obviamente, a sus deseos.

Ilán A. Goldfeder

Por si las moscas

Pensar en la muerte es un tema confrontador, cada vez que lo hago termino contrariada, con más dudas que al principio y en un estado de ansiedad que elimina mis intentos futuros. ¿Porqué alguien habría de pensar en su muerte? No tiene sentido, y sin embargo el pensamiento en mi muerte y no en la muerte es recurrente. La resistencia a realizar el testamento es una muestra del no querer pensar en lo inevitable: tarde que temprano nos iremos de aquí.

¿Goce y muerte?, que cosa más rara, sin embargo los suicidas parecen encontrar el ángulo de cierre de esas dos palabras., sino, no lo harían, algo prometedor se debe de encontrar en ese acto que se repite con tanta insistencia. Visto así, la muerte no es una salida, más bien es una entrada, ¿a dónde? Pensar la muerte, mi muerte, como gozosa, es algo particular, un encanto retorcido que no alcanzo a definir. Vaya este es un nuevo enfoque. Dicen que tengas cuidado con lo que piensas porque se te puede cumplir, por si las moscas, aquí le paro.

Martina Cabrera

El fracaso de un suicida

Cuando yo me muera no quiero homenajes, ni que nadie diga, "ay, que bueno fue".


Fue mi primer contacto con la muerte, con la idea de mi propio cuerpo bajando en un ataúd a la oscuridad definitiva, lejos de todo, sin creer en la inmortalidad ni en Dios; la soledad absoluta. Nunca he llorado tan tristemente como ese día que descubrí: todos vamos a morir; también los niños y los bebés que aprenden a caminar y se meten, jugando, debajo de las llantas de los coches.
A los quince años intenté mi primer suicidio (¿el primero?) tragando todas las pastillas que encontré en el botiquín del baño mientras escuchaba ese himno generacional: “Mátenme porque me muero”, una y otra vez, sin saber cuál era mi “enfermedad incurable”. Hasta quedar entre la vigilia y el sueño con la incertidumbre si amanecería, sin haber escrito una carta de despedida:
“Cúlpese al mundo de mi muerte, a la escuela reprobada, a los padres que se aman sobre todas las cosas (aunque luego resulte que no) al hermano Caín, a la prima muerta, a la soledad…”
Aparecería mi cadáver en un cuarto de azotea, que era el mío, joven y bello como lo quería Jim Morrison: Nadie sale vivo de aquí. Y mi madre se arrepentiría por regañarme cuando vomité en el lavabo del baño de abajo, pidiendo ayuda… Pero desperté y ya no quise vivir allí, dejé el teléfono cortado, repetí tercero de secundaria y cambié a mi novia: madre y señora, por una quinceañera que me inició en los placeres carnales, en el eros.
La verdad nunca pensé vivir mucho, me gustaba la idea del novelista checo Milán Kundera: cada quien debería poder cargar una dosis mortal de veneno para tomarla en el momento que se te dé la gana.  Sin embargo, ya en mis años 30 llegaron dos niñas a pedirme: “No te mueras nunca, papá”, y dentro de lo posible les he prometido llegar a viejito, aunque a veces piense como Miguel Ríos:
“Qué difícil se me hace mantenerme en este viaje / sin saber a dónde voy en realidad / si es de ida o de vuelta / si volver es una forma de llegar.”
Ahora me guía el oscuro deseo de contradecir mi epígrafe, bueno, el del cantante de El Personal, quien se sabía portador del VIH:
“Cuando yo me muera quiero  homenajes y que todos digan, ay, qué bueno fui”.
Pues, como plantea el psicoanálisis, denegación (acción y efecto de no conceder lo que se pide) es ley.

Templos de goce

Se impone el goce (…). Es como una
moral kantiana al revés.

Slavoj Zizek

La permisividad de las sociedades contemporáneas en cuanto al goce, se enfrenta a la paradoja de que esa disposición va de la mano con un Estado cada vez más represivo. Es precisamente a través de este imperativo kantiano inverso que la sociedad cruelmente empuja al individuo al goce desmedido y sin control. Prácticas sobre el cuerpo del tipo tatuajes, piercings, y la apertura a la pornografía, insinúan una desacralización a lo corpóreo como antes nunca. La posición actual frente a lo pornográfico, de obscenity a on/scenity, es decir, de lo prohibido y vedado a lo cuasi permitido, manifiestan un síntoma social de este nuevo enfoque. Los pornstar como invitados a programas de televisión abierta se han convertido en algo cotidiano para algunas sociedades. Ver lo porno como una manifestación hegeliana del mito del amo y el esclavo es una de las salidas cotidianas. Garañones  poseyendo a doncellas, es la representación teatral de esta práctica, misma posición aplicable para el tercero en este esquema… el espectador. Él, como pieza fundadora de lo porno, (si no existe un tercero, la relación sexual no pasa de ser perversa, pero nunca pornográfica, es el otro el que la define así) se ve sometido también a la relación amo/esclavo, como rehén de cualquier soporte de la imagen que se impone bajo un único e incuestionable mandato: ¡mírame!

Las pornstar, como Mesalinas modernas de la mano de Príapos orgullosos se muestran gustosos de hacer el pase de lo privado a lo público, manteniendo siempre una cara de éxtasis marmórea, cincelada por el mismo Bernini, funcionando así, como referentes aparentemente incuestionables de un deber ser sexual. ¿No al estar empujando al individuo al goce, la sexualidad moderna se está volviendo normativa? Multiorgasmos y sesiones maratónicas deben formar parte del festín sexual. Arribar al goce sin más, es cortar el nudo gordiano de tajo. Una renuncia al goce no es la solución, un cuestionarse nuestro deseo, sí.

Los bienes de consumo ya cumplieron su cometido al querer integrarnos. En su momento compramos para pertenecer. La actual etapa consumista, emanada (económicamente hablando) de las regulaciones legales en cuanto a monopolios en los 80`s, trajo como resultado que el bien de consumo funcione como bisagra entre el goce artificial mercantilista y el deseo individual (cf. Delleuze y Lipovetsky): pertenecer no es lo importante, tampoco el placer inmediato emanado de una adquisición, lo es el goce que ese producto representa para mi y mi concepto de vida, ya no se consumen productos, servicios, o se aspira al status, valores y estilos de vida es lo que obtenemos. La compra de algunas bebidas energizantes y seudomedicamentos tienen como función velada un supuesto incremento de la actividad sexual, pero ¿hasta qué rango?, ¿el qué deseo… o el qué debo de desear? La carrera que nos lleva a gozar nos coloca en una posición de jueces morales siempre cuestionantes, encontrando degenerados al sólo alzar la vista y ver al otro, misma conducta degenerada que emulamos sin culpa, pasado el impacto. Un perverso es siempre quien tiene más sexo que el que juzga, pero el mercado acaba dirigiéndonos hacia ese punto. La posición del sujeto con respecto al goce, el vendido por la industria del sexo, le coloca en una situación complicada, ¿cómo hacer dialogar su deseo con el deseo del sexsistem? Aparentemente no existe mucho diálogo. La oferta del mercado indica que la demanda va en esa dirección. De la mano de la cultura de la esbeltez va la cultura de la hiperactividad sexual, porque finalmente, ¿a dónde se dirige el cuerpo delgado que propagan los juglares publicitarios si no a la erotización del mismo? Ese cuerpo erotizado está ya listo para fungir como engrane de la industria sexual que lo convierte, ahora, en un cuerpo sexoso, herramienta final y receptáculo, simultáneamente, de cualquier etiqueta normativa. Delgados y jóvenes no son ya referentes de salud corpórea, son el significante del deseo que con esfuerzo se han articulado sobre y dentro del cuerpo para un único fin: gozar y ser gozados. Dar y recibir goce no debería ser un problema si no fuera planteado como imperativo por la sociedad de hiperconsumo. El cuerpo, históricamente, se ha construido de muchas maneras, es en su construcción como templo de placer donde el sujeto se encuentra confundido, el goce ¿no debería de ser opcional? Las tendencias actuales en cuanto a performance intentan crear un diálogo más intenso entre el espectador y el artista, situación que ha llevado a buscar nuevos espacios de representabilidad desde, por ejemplo, la sexualidad. La pospornografía sugiere crear nuevas maneras de interactuar con el cuerpo, el placer de lo tradicional da paso al goce actual. Nuevos montajes procuran satisfacer la demanda del otro con búsquedas de placer novedosas, cayendo en el goce. La pospornografía vista como una crítica ante la pornografía dominante y sus estereotipos de género y sexo. (…) [que] emerge precisamente de una politización de la mirada pornográfica, ¿no es un intento de normar la sexualidad desde el discurso de la diversidad? Normar la pornografía, hacia la dirección que se quiera, parece un esfuerzo de regular al cuerpo y lo que se hace con él. La situación de que con el cuerpo se pueda hacer algo no significa que se quiera. No debería hablarse de La Pornografía, son Las Pornografías, como manifestaciones de la sexualidad, las que deben ser escuchadas sin suprimir alguna.

Alejandro Ahumada

Vanitas

Cristiano que hoy me pisas / detente a considerar, / que has de venir a parar / a ser como yo: cenizas.

Así reza el epitafio de una lápida que halla (y pisa) todo aquel que entra por la puerta frontal de la nave del Evangelio, en la Basílica de San Francisco de Asís de la Habana. Recordatorio que hoy día cuando la muerte es un tabú, espanta a muchos por su “morbosidad”. Pero si lo enmarcamos en su momento, época del Barroco, en que el tema de la muerte, el memento mori y la vanitas mundi llenan la espiritualidad y la vida cotidiana, no nos resulta tan llamativo. Incluso lo veríamos normal, tanto como hoy leemos un reportaje sobre sexo o belleza, impensables en la época de nuestro difunto, dispuesto a ser hollado por miles de pies, con tal de darnos su mensaje: “vanidad de vanidades, todo es vanidad”.

El tema de lo pasajero de los placeres y constante acecho de la muerte no pasó desapercibido en el arte de la época. La Iglesia, consciente desde hacía siglos de la importancia de las representaciones gráficas a la hora de trasmitir un mensaje, no tardó en procurar que la vanidad del mundo entrara por los ojos de los fieles. Vamos, que si alguien descubrió hace siglos y de forma masiva al mundo occidental que “una imagen vale más que mil palabras” fue precisamente la Iglesia.

Calaveras, relojes de arena, balanzas, espejos, flagelos y demás elementos relacionados con la vida cotidiana y su volatilidad comienzan a aparecer en las representaciones de santos. San Francisco de Asís o la Magdalena no se desharán jamás de un cráneo, hasta hoy en día. San Onofre o Santa Margarita de Hungría llevarán su corona a los pies, demostrando que la fuga mundi les ha dado la gloria y la santidad. Pero más allá se fue: la vanitas mundi llegó a tener su representación propia: un acechante esqueleto, rodeado de bolsas de dinero, armas, libros, instrumentos científicos, etc. Y en la mano una amenazante guadaña, recordando que los logros de este mundo eran nada y que en cualquier momento podían sernos arrebatados... y que entonces sólo contarían las virtudes y la santidad. Es por ello que una cruz solía coronar semejantes representaciones.

Un ejemplo es una pintura de Juan Valdés Leal, pintor del siglo XVII conocida como in ictu oculi por el texto que aparece en la parte superior de la misma: En esta bella a la par que inquietante pintura, un esqueleto de aspecto frágil, pero con una presencia imponente invade la escena, llenándola. En un excelente trazado pictórico y ejercicio de equilibrio, la muerte posa su pie sobre un orbe, casi rozándolo, y este es el mensaje principal: ella llega a todo y a todos. Parece irrumpir de pronto, desde un lateral, con lo que se nos trasmite otro mensaje: aparece en cualquier momento. Y, ¿entonces? ¿en qué se convierten la sabiduría, la belleza, los blasones o los actos heroicos? Pues en un amasijo de trastos, permítaseme emplear esta palabra, amontonados, sin valor ni gloria. Así representa el pintor toda esta vanidad humana, no escapan ni las dignidades eclesiásticas o militares, ni las artes o las ciencias.

No deja de ser curioso cómo el Barroco, que tanto alertó sobre la vanitas mundi fuera quien más boato empleara precisamente para recordarla. Pinturas de gran tamaño, esculturas detallistas y agobiantes en su realismo, y, sobre todo, sepulcros de papas, obispos y nobles. Tal vez inconscientemente se promovía aquello que se pretendía combatir. La vanidad del mundo, sí, pero expresada precisamente en aquel lugar donde menos hacía falta la fastuosidad: la tumba. Sepulturas reales, con la estatua del dueño yaciente u orando, pretendiendo permanecer para siempre mostrando su grandeza. Mausoleos de papas que parecen pequeños palacios. En definitiva, y paradójicamente, verdaderos monumentos a la vanidad, como si la vanitas mundi, considerada un obstáculo para la vida eterna, ya no lo fuera en el momento de la muerte.

Otro ejemplo; tal vez no suficiente son los denominados corposantos, presuntos mártires extraídos de las catacumbas romanas, los cementerios usados por los antiguos cristianos en la época de las persecuciones para esconderse, celebrar los sacramentos y reuniones y, claro, para enterrar a sus muertos. Aunque el traslado de estos cuerpos a iglesias se pueden verificar lo menos desde el siglo IV, con San Dámaso; es en los siglos XVI, XVII cuando se convierte en una moda: religiosos, sacerdotes, o laicos ricos solicitaban a Roma, y obtenían con cierta facilidad, estos cuerpos. O sea, en pleno Barroco (incluso hasta los siglos XVIII y XIX), la exposición de estos cuerpos a la veneración pública reafirma la precedencia de las virtudes y la vida santa a los placeres del mundo, a la vanitas mundi. Es en Europa del Norte, especialmente Alemania, donde esta exposición halla su máximo impacto, con la misma idea de trasmitir lo efímero de la vida y lo que todos seremos un día. Esqueletos ensamblados, vestidos solamente en las “partes pudendas” y toda la osamenta visible. Y otra vez, la paradoja: las joyas y las ricas telas adornan profusamente estos cuerpos, en ocasiones con un aspecto que hoy impresiona aún más que antes: ojos rellenos con piedras preciosas o dientes de oro. Elementos considerados contrarios a la sencillez de vida cristiana, que se emplean precisamente para lo contrario.

Y, para terminar, otra frase, conocida en los ambientes monásticos, que traigo a recordatorio hoy, cuando la muerte parece no existir en nuestras vidas, frenéticas por el ritmo de vida, por la búsqueda del bienestar constante: “Hermano, de la muerte no se escapa, ni el pobre, ni el rey, ni el papa”.

Ramón Rabre

Paradojas existenciales

Sólo el goce
de la muerte
me permite vivir
un día más

Manuel A. Tosca

La muerte secuestrada

¿Se les ha ocurrido alguna vez que la muerte ha sido secuestrada?, cualquiera me puede decir que no entiende el por qué de esta afirmación, y pudiendo ser miserable para explicarme, si no es que ignorante para plantear esta idea en su totalidad, trataré, aún así, de darme a entender.
A través de la historia la muerte ha sido parte del ciclo de vida de los seres  que cohabitamos en este planeta, ha sido pues la encargada de mantener un equilibrio en nuestro mundo para que la vida como la conocemos funcione sin problema alguno, es la muerte el engrane que hace funcionar esta maquinaria que, junto con otras leyes naturales como el nacer,  regulan la supervivencia de nuestra especie misma.
Los seres humanos hemos dotado a la muerte de características que la transmutan, lo mismo es un ser que vaga por el mundo recogiendo almas, una plaga que arrasa con pueblos enteros, un estado espiritual que nos espera al momento de perecer, un personaje de sátira social creada por un caricaturista, una golosina de azúcar o un ídolo al cual encomendarnos cuando todos los demás nos han abandonado.
La ciencia, la tecnología, la política y los vicios han despojado de funciones y atribuciones que solo a  la muerte le correspondían; en ciencia: alargando y acortando el periodo de vida de los seres humanos y animales,  la tecnología: arrancándoles de sus “manos” a personas que ya eran suyas, en la política: creando genocidios so pretexto de luchas armadas en busca de libertad y justicia, en los vicios: dejándole trabajo con la guerra entre capos.
La muerte ha perdido su autonomía, ahora está al servicio de unos cuantos, esos que tienen a su servicio ejércitos que luchan contra imperialistas, infieles y conquistadores, en manos de los que pelean territorios de distribución de sustancias ilegales, sirve a los que trafican con gente, a los que en su nombre ofrecen sacrificios rituales humanos y animales, a los que la quieren para sí solos siendo de nadie o de todos, ellos son quienes la tienen plagiada, acaparada, para sí solos, para saciar sus deseos personales, olvidándose de que algún día pasaran a ser un numero más en su  labor como cegadora de la vida.
¿Se les ha ocurrido que la muerte ha sido secuestrada?...

Eduardo Vargas

lunes, 27 de septiembre de 2010

Edición impresa No. 4, Octubre 2010


Editorial

¿Por qué no antes?, ¿por qué ahora?, ¿qué de particular tiene esta edición de Contrafirma® que amerita demarcar un espacio dentro del espacio, a través de una línea editorial?. Una publicación, per se es una clara línea editorial, ¿entonces? Muchas e interesantes plumas se han sumado a este laboratorio de ideas que tiene como finalidad la exposición de un pensamiento crítico encaminado a fortalecer y unificar, en la medida de nuestras disciplinas y posturas teóricas, un pensar lateral, más no marginal. La incursión de Contrafirma® a formato de revista tiene como mira dar más espacio a las tantas voces, que sabíamos, se dejarían escuchar. Contrafirma® demanda respuesta, la simple lectura sin el comentario subsecuente es suficiente. Textos demandando lecturas. ¿Es correcto? La demanda apunta a la nada, ¿entonces?, ¿quién querría participar en un espacio demandante que va a tener como réplica el silencio? Tema dificil. Diversas críticas internas fortalecen la identidad de este espacio: desde un debatible encuadre pop hasta un asumible forcejeo por espacios físicos concretos. ¿Quién aquí firma cuando lo que reconocemos son nombres propios?, se escucha en Donar la muerte. ¿El nombre propio que respalda ese escrito en particular lo hace más coherente o incoherente? Es dificil concretarlo. Una editorial mes a mes dará cuenta del debate desde adentro.

Más allá de una respuesta clara a la pregunta de la Edición 2, ¿Contrafirma® productor o trasmisor de cultura? o a la pregunta que ronda la edición 4, ¿Es éste un ejercicio de contrafirma? lo que tenemos son más interpelaciones: ¿cómo seguir manteniendo la crítica interna que posibilite el constante cuestionamiento? Si acaso éste no es un ejercicio de contrafirma ¿cómo hacer para que lo sea? Quizá no exista una respuesta concreta, quizá sean varias y se hallen repartidas entre las líneas de los múltiples escritos que le dan forma. Cada escrito desde su individualidad, y no desde el soporte material de la revista, debe intentar donar la muerte, su muerte, esa donación que entrega al texto a quien realmente le pertenece: al lector.

Este proyecto está armado con trozos diversos de carne, hilvanados finamente para presentarse como un todo. Como en la novela de Mary Shelley, se escucha en cada edición It´s a live!, a manera de conato de recompensa que recuerda que la contrafirma, como esfuerzo  escritural se intentará, la concreción de dicho anhelo es un tema diferente. ¿Dónde colocarnos, entonces?, ¿cómo productores o simples transmisores?, ¿cómo demandantes pagando el precio de la no-escucha?, ¿cómo donadores de muerte? Muchas interrogantes para una pequeña columna editorial. Eso es bueno. Preocupante sería que en este espacio encontráramos abundantes respuestas que inmovilicen el debate y anulen, aunque sea el intento, de la contrafirma desde Contrafirma®.

Finalmente, nuestro agradecimiento sincero a todos los colaboradores, lectores y patrocinadores que crean este espacio.

¿Dónde termina el rinoceronte de Durero?

Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.
Juan José Arreola, Bestiario.

Cuando el primer rinoceronte desembarca en Europa, en 1513, la jaula que lo contenía cae al agua ahogándolo. Al sacar el cuerpo inerte, es disecado días después cuando empezaba el proceso de descomposición. Y aquí empieza la polémica. Alberto Durero pudo grabar a la bestia de oídas, pudo hacerlo observando el mal resultado de disección o pudo hacerlo mirando directamente al original. Las primeras dos tesis reinvindican la maestría  de Durero, por ello se inscriben de manera natural en la historia del arte. Por otro lado, la tercera tesis deja abierta la puerta al historicismo, particularmente en lo que ilustración científica se refiere. ¿Vemos lo que existe o los paradigmas dictaminan nuestros juicios?, ¿las formas que construyen nuestra realidad están inscritas en lo más profundo de nuestras creencias y recluidas en nuestros más pequeños pliegues o es más poderosa la vision que capta la verdad e ilumina todo de manera totalizadora? Muchas ilustraciones de la Edad Media estaban filtradas por los Bestiarios y fábulas emanadas de viajeros. El juicio de los artistas estaba mediado por ideas preconcebidas, no se pintaba lo que se veía, lo que se sabía era más poderoso. ¿Dónde termina el rinoceronte de Durero y empieza el original?, ¿existe un original?, ¿existe acaso alguna diferencia? Concebir al rinoceronte no como uno más de los animales de la tierra, sino como una bestia emanada de algún rincón del mundo que (…) se prepara para la pelea afilando su cuerno contra las rocas y ataca especialmente al vientre, pues sabe que es más vulnerable (Plinio, Libro VIII-20),  además que (…) está muy protegidamente cubierto de gruesas escamas, y en tamaño es similar al elefante (Durero, mismo), podría intervenir en el juicio de cualquier artista. Las fabulosas escamas que acorazan al rinoceronte de Durero es claro que no existen en el animal mismo. ¿Fue la imagen de bestia fabulosa la que se impuso al grabado?

Al ver King Kong (1933) o Jason y los Argonautas (1963), con los efectos visuales de Willis H. O'Brien y Ray Harryhausen, respectivamente, cuesta trabajo entender el nivel de credulidad  de la audiencia durante la proyección, con un simio humanoide y unos esqueletos con movimientos robóticos. A pesar de ello, o por ello, quizá, estas cintas resultaron altamente realistas para sus espectadores. El trabajo de los amos del Stop Motion no demerita al paso de los años, hicieron lo que tenían que hacer para impactar al asistente de las salas de cine. Con la transición de los efectos visuales de análogos a digitales se dió un salto cualitativo en el terreno de lo fantástico, criaturas míticas salidas de obscuros rincones inconscientes o parajes imposibles a la manera de Escher, son hoy construidos con un realismo que sobrecoje. Aquí la trampa. Pensar ésto es pensar que la construcción de la realidad se encuentra en su etapa final, que lo que vemos está en clara correspondencia con el mundo, como si nos acercaramos cada vez más a un lenguaje que diera cuenta de los objetos y nos posibilite fumar la inexistente pipa de Magritte que, sin embargo, vemos. Un lenguaje común para la realidad de diferente época es de hecho imposible, los cambios epistemológicos, axiológicos y ontológicos determinan nuestros conceptos de verdad y falsedad, y provocan la ruptura de un ciclo introduciéndonos en otro de manera imperceptible, a la manera en que el rinoceronte de Durero empezó a parecer amorfo a partir del siglo XVIII. La incomensurabilidad, sea desde Fayeraben o desde Kuhn, se impone de una época a otra. Pensar la historia y lo humano como un continuo, tiene consecuencias fatales para el desarrollo del conocimiento. Los hechos son teorías y éstas están constituidas por los valores de una época.  Los grandes relatos que daban armonía se derrumban, entender ésto es pasar de la modernidad a la posmodernidad (Lyotard, Jean-François, La condición posmoderna, Edit. Cátedra, España 1992). ¿Qué nos queda, entonces?, ¿cuántos Durero se encuentran ahora realizando una recreación de la realidad, recreación que será replanteada en un futuro? Los criterios de demarcación de lo verdadero se mueven. La subjetividad, la ilusion del yo, el lenguaje, los pequeños relatos, éstas son las verdaderas piezas que dan cuerpo a lo que llamamos realidad.

Alejandro Ahumada

Donar la muerte

Contrafirma y muerte son una con otra. La contrafirma porta la muerte como posibilidad anunciada que al estamparse me niega como repetición de mi firma, respondiendo a la promesa gestionada que intenta asegurar lo escrito como mío y no de otro. Salva lo que mi nombre es incapaz de hacer, poniendo a la muerte en su lugar. Anuncia y asegura mi ausencia, no como el nombre propio, memoria anticipada de mi desaparición. Siendo cumplimiento de muerte y ausencia, la contrafirma juega con la presencia y la muerte transgrediendo la temporalidad, haciéndola lugar inevitable para la escritura.

¿Quién aquí firma cuando lo que reconocemos son nombres propios? ¿Cuál es la promesa que circula en la escritura que se asegura como enunciaciones donadas? ¿Dónde es que la muerte ha dejado de ser solamente anunciada en cada uno de los textos que conforman esta edición? ¿Es éste un ejercicio de contrafirma? Quizá sólo jugamos con nombres propios.

La muerte circula en la escritura y la lectura, en el autor y el lector, es ya por si muerte en tanto anuncia la ausencia del autor en presencia del lector, que a su vez muere cuando el autor escribe en ausencia del lector, incluso cuando éste aún no lo es. De ahí que la contrafirma no es la repetición de mi firma, porque esta es sujeta a falseamiento y falsificación. Ilusión y deseo vano sostenerse en que el nombre propio se repite en la firma. Ésta ya ha puesto en duda mi presencia sin que nada garantice un cumplimiento más que la contrafirma del lector, ese que afirma mi muerte. ¡Escritura que me das la muerte desde que naces de la inspiración! Aún si el texto no tiene remitente, si se extravía mientras muero. No por demás está exenta de aberración y locura la carta del suicida que escribe “estoy muerto” instantes antes de su acto… el lector lo asegura en contrafirma, aún si se ha salvado milagrosamente.

El psicoanálisis termina donde la escritura empieza en un goce extasiado con la muerte comprometida en la íntima complicidad de autor y lector. Goce exaltado desde la presencia de ausencias mutuas y de firmas y contrafirmas cruzadas, hace de la hospitalidad que se otorgan la posibilidad de la promesa ya desprendida del logocentrismo fundante de la fuerza del nombre propio.

La escritura se dona, se obsequia, irrumpe la casuística antropológica de los salvajes que demandan lectores de textos sin firma, indicados con nombres propios sobrevivientes y afanados de presencia y por la lógica del dar/recibir. Donar la muerte que el texto porta no reclama más de lo que en alteridad circula mientras la contrafirma del lector anónimo realiza la metáfora anunciada. Porque igual, la lectura es un don sometido a la alteridad de la escritura y a la hospitalidad del autor que dona la muerte. La propia y la del otro.

Sin duda paradójica, la imposibilidad de firmar este texto, parece resaltar mi nombre propio. La tekné se venga, tarde que temprano, de la usurpación de su originalidad y anticipación al pensamiento y prepara una celada para que yo caiga en la trampa de creerme vivo en quien me lee. Mas no así, claro de tal diferimiento, estampo mi nombre.

René Montero

La transmisión: "Sin palabras", de Yasunario Kawabato

En febrero del 2009 viajé a México sin equipaje, era la primera vez que lo hacía, olvidé incluso mi diario -el cual habría podido meter en mi bolsa de mano-, fue así como me sentí ligera y me vi frente a una hoja de papel en blanco esa noche sintiendo que se trataba de la escena central del cuento de Kawabata: sin palabras.  El muchacho loco mira las hojas blancas en el hospital donde ha sido internado, es lo único que puede tener, no le dan lápiz o pluma  porque temen se lastime. Él, antes de enloquecer escribía y enviaba sus escritos al maestro que ahora está imposibilitado de escribir a causa de un derrame cerebral. Lo imagino ahora mirando las hojas (que yo misma miro) solo, confinado al lugar donde las palabras se han ido. La madre lo visita y al darse cuenta de esta ausencia empieza a contarle historias en voz alta como si las leyera en esas hojas blancas, como si él las hubiera escrito; esto anima al hijo que también cuenta las suyas y las palabras se tejen sin saber realmente quién de los dos escribe.

Durante los períodos en que ella lee estos maravillosos textos él deja de estar loco porque ambos caen en un estado de tranquilidad en el que la vida vuelve. La historia se construye, el silencio habla; los lazos familiares rompen el hechizo de la locura. 

Pero este es un cuento dentro de otro cuento en que la hija del escritor enfermo se ha sacrificado por su padre (como una Antígona) y habla con un joven escritor que los visita sobre los efectos que este cuento escrito por su padre ha tenido en ella. La hija al leerlo tiene la idea de escribir por él. Ella tiene la intención de revivirlo  escribiendo lo que su padre le ha contado en tantos años de vivir juntos.

El escritor viejo al enviudar, decide no volver a casarse porque su hija se ofrece a ir a vivir con él para cuidarlo. Él tiene en cambio aventuras amorosas que le cuenta a su hija, de esto es lo que ella quiere escribir como si fuera él, ella quiere darle voz a su padre. El escritor joven a quien ella le habla de sus planes se horroriza con la idea de la continuidad y opina que ella sería una buena escritora pero lo que ella escribiera sería de ella, no del padre.

Y hay otra historia entretejida en estas dos: la de la mujer fantasma. Entre el pueblo donde habita el escritor joven y la casa del escritor viejo afectado por el accidente vascular cerebral hay varios kilómetros y se cuenta que al pasar por el crematorio en el camino de regreso al pueblo, una mujer suele subirse a los taxis para ser transportada en silencio al lugar donde nació. La mujer fantasma cuya imagen no se refleja en el espejo, aparece de pronto en el asiento trasero, ella viaja en silencio, sin palabras.

El cuento además de ser bellísimo me hizo reflexionar sobre la transmisión del psicoanálisis que en tanto experiencia subjetiva tiene que dar vueltas, tejerse y pasar de uno a otro, o de uno a otros por caminos no habituales, subjetivos también.

El paciente habla y la hoja en blanco se escribe en mí que leo ese texto construido al alimón en otro escenario: ¿quién es el autor?

La advertencia de este pasaje inter-subjetivo (o más bien trans-subjetivo) es lo que lo distingue del chisme donde el que cuenta pretende excluirse del mensaje.

El cuento nos cuenta que no es posible lavarse las manos. Finalmente es Kawabata quien firma, es él quien se hace cargo de las consecuencias de su escritura y, el que lo lee, en este caso yo, asume sus propias consecuencias.

Carmen Tinajero

Sobre ir al teatro y criticar la obra

-¿Es  una “obra gay”?-, le preguntamos al director de Mi nombre es Jasón, tengo 28 años; -¡no!, respondió con una sonrisa en el rostro pues sabía que su respuesta no nos sorprendía. Sin embargo eso nos llevó a cuestionarnos qué hacía una “obra no gay” en lo que muchos todavía conocemos como el Centro Cultural de la Diversidad Sexual.
Las dudas estaban lejos de despejarse mientras avanzaba la fiesta del estreno y los tequilas circulaban, preguntábamos a espectadores, reparto, productores y todo aquel dispuesto al análisis sobre la interpretación de algunas partes de la puesta en escena pero todos nos daban una respuesta diferente. Y entonces nos concentramos: ¿debíamos ver personajes travestidos o personajes femeninos en los coros?

Buscamos respuesta pero ésta no llegó pues, el contrato espectatorial no era claro. El teatro así como todas las artes performativas, desde un punto de vista general, establecen que la realidad es aquella que se presenta y representa en el escenario; y el espectador no debe cuestionar esta realidad a menos que errores internos la hagan inverosímil. ¿Debemos creer en aquello que no comprendemos?, ¿qué relevancia tiene el género de los personajes en una obra que no gira explícitamente en torno a ello?

Con esas dudas podemos pasar al oficio de la crítica. ¿Cómo se evalúa una obra de teatro? ¿guión?, ¿ejecución?, ¿dirección?, ¿producción?, ¿contrato? ¿Qué puede hacer el crítico cuando lo que observa falla en lo técnico pero entretiene y conmueve?

Oscar Wilde en el prefacio de El retrato de Dorian Gray apunta: “el crítico es aquel quien puede traducir en otras formas y/o materiales su impresión de las cosas hermosas”. Si esto es cierto, ¿debemos concentrarnos solo en los aciertos y olvidar los errores de aquello que pretendemos criticar? ¿Todo es hermoso y nuestros defectos de carácter nos hacen ver algo diferente cuando nos enfrentamos a la necesidad de externar una opinión?

¿A quién le importa en realidad si una película se apega al libro de su origen?. El cuerpo de éste texto se compone principalmente de preguntas, las cuales no es conveniente responder, vivimos en la post-modernidad y lo queer está de moda; la imposibilidad de construir una teoría general a partir de la realidad de individuos concretos es algo con lo que hemos aprendido a vivir. Disfrutar del teatro se vuelve cada día más difícil cuando el oficio de la crítica se convierte en vicio y buscamos hasta el más mínimo error para sentir que tenemos un poco de poder. Existen ocasiones en que solamente debemos dejarnos llevar  a ese mundo donde nosotros no existimos y el universo no es tal más allá del escenario; el show debe continuar, y la vida también. Cuando las luces del teatro se encienden somos expulsados, cual neonato a través del canal de parto, del mundo al que apenas fuimos invitados; y ya que existimos, es tiempo entonces de ver atrás y encontrar cualquier error para que así, en comparación, nuestro mundo sea más hermoso.

Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar. Esa es la invitación que hoy te hago, ¡ve al teatro y acepta que tu no existes ahí!, no te preguntes si la obra es buena o mala; si es “gay” o no; si es comedia, drama o musical; si los actores son buenos; si el guion tiene errores; si la vas a recomendar... no te preguntes nada. Una obra de teatro dura en promedio 90 minutos, olvida que existes durante ese tiempo; después tendrás toda una vida para criticarla.

Pablo Herrera

Tu orgasmo es mi orgasmo

Hace unos años me encontré con una página web de fotografías de caras. Las caras eran extrañas, obscenas, ligeramente burdas; intenté leer las expresiones faciales como un rompecabezas de la sensación humana, dolor, tristeza, angustia, felicidad, desesperación, interrogación… pero no eran ninguno de ellas con exactitud, era algo más, inexplicable. Eran las caras de los orgasmos.

Al seleccionar cualquier fotografía se desplegaba el video del orgasmo de la persona en cuestión. Sí, únicamente la cara. ¿Pornografía facial? Lo dudo, más bien el erotismo facial en todo su esplendor.

No se ven cuerpos, la cara, el cabello, los hombros y el cuello es todo lo que se permite de la persona que subió su video para compartir con el mundo uno de sus momentos más íntimos.
Los personajes se acomodan frente a la cámara conociendo las reglas, no se les deben ver ciertas partes del cuerpo, se acuestan con blusas o se tapan con sábanas. Miran a la cámara de reojo, frontalmente. Intentan seducir-se con el reflejo del lente, intentan seducirnos con lo que están grabando. Algunos usan aditamentos y los muestran antes de comenzar, un dildo, un vibrador, lubricante, la mano que sube y baja, de la boca a ensalivarse, al clítoris a mojarse. Se ve el movimiento de los brazos, y el observador puede intuir lo que están haciendo abajo, donde la cámara no llega, donde  las piernas se abren para que salga el éxtasis. Las expresiones faciales van cambiando, de la timidez, el desenfreno, la lujuria, hasta llegar a la expresión irrepetible e imposible de describir: la del orgasmo.

Este experimento se ha repetido muchas veces más, hoy en día basta con buscar en la red para encontrar muchas páginas y videos de esta exposición facial, pero fue hace años que inició una, ya desaparecida, con la invitación a grabar tu orgasmo facial y compartirlo en la red. Las de hoy en día invitan al orgasmo solitario, al orgasmo compartido, al orgasmo provocado.
Con o sin repeticiones actuales, la fascinación continúa. El ver tanta intimidad en un solo recuadro, ver el instante en el que cada una de estas personas alcanzan el grado máximo de su placer sexual, es intrigante, incómodo. Surgen dos preguntas, ¿Por qué es tan perturbador y a la vez, excitante? ¿Por qué lo hacen?

La segunda respuesta incluye al primer cuestionamiento. Lo hacen para compartir uno de los momentos más íntimos en el espacio de la vida de un ser humano. Lo podría comparar, y no es broma, con ir al baño. El sexo anónimo es común, es parte del devenir cotidiano, pero he preguntado por ahí y la respuesta, casi siempre, es la misma. No, no les importa hacer el amor con un extraño, compartir su cuerpo y su sudor, siempre y cuando el otro no les vea la cara al momento de venirse. Ese gesto desinhibido, incontrolable, ese, precisamente, no lo quieren compartir. El resto de su cuerpo sí, pero ese instante, esa cara irrepetible, ésa sólo se comparte con alguien de confianza.

Y justamente por eso la comparten en la red, es una de las exhibiciones más profundas que hay, una cavidad dentro de la intimidad del otro. Escribir un diario o subir un video de mi orgasmo, cae en lo mismo, en mostrarle al mundo, en el anonimato del no nombrarse, lo que uno tiene por dentro, lo que está tan cerca, pero a la vez, tan lejos. Se puede ver, pero no se pueden sentir los jadeos, se puede escuchar el grito, pero no susurrado en el oído, se puede ver el sudor, pero no saber a qué huele. Es un coqueteo más con la curiosidad y la atracción del Voyeur.  El mostrar el orgasmo es un mírame y no me toques, una provocación para… ¿tal vez buscar nuestra propia cara de orgasmo? ¿la conoces?

Kelly A. K.

Psicomagia

Si alguna vez tecleamos el nombre de Alejandro Jodorowsky en un buscador de Internet encontraremos referencias acerca de su trabajo como mimo, actor, guionista, director, compositor, tarotista y psicomago, sí leyó usted bien, Psicomago, y es muy probable que si tomamos este concepto literalmente lo estaríamos definiendo como un mago de la psique, un hombre con una vida llena de misticismo, literatura y arte, discípulo de hombres y mujeres emblemáticos en el campo de la filosofía oriental, espiritualidad y hasta el esoterismo, y cuyas enseñanzas lo llevaron, a como bien él dice, “robar para sanar”, empresa que dio origen a un método, poco ortodoxo, de “sanar” desde el punto de vista de la medicina y psicología formal; él le llama Psicomagia.
Acuñado por Jodorowsky, la Psicomagia tiene como finalidad sanar los bloqueos materiales-corporales, sexuales, emocionales e intelectuales que nos impiden realizar nuestro destino en la vida. Según Jodorowsky La psicomagia se basa en las siguientes premisas fundamentales: Fracasar no existe, en cada fracaso cambiamos de camino. Para llegar a lo que eres, debes de ir por donde no eres. Llegar a ser lo que uno es, es la más grande felicidad. En toda enfermedad hay: Una prohibición: Te prohíben ser lo que eres. Una falta de consciencia: Cuando no te das cuenta de lo que eres. Una falta de belleza: cuando pierdes la belleza, enfermas.
Veamos pues un ejemplo de Psicomagia descrito por Jodorowsky: “Una persona no creyente va a EEUU y le leen el Tarot: -Alguien cerca tuyo va a morir y te va a costar mucho dinero-. Esta persona obsesionada acude a mí y dice:-¿qué hago?, cuando hay una predicción no te puedes liberar de ella, tienes que realizarla-. El inconsciente acepta la metáfora. Le digo:-Vamos a realizar tu predicción. Cierra tu ventana, echa insecticida, una mosca va a morir. 'Alguien cerca tuyo muere'. Ahora toma un billete de 20 euros y le pones seis ceros, tienes veinte millones, envuelve la mosca en él y entiérralo, así la predicción queda realizada y tú te liberas de ella-.”

Definitivamente podemos pensar que el método de Jodorowsky es fuera de serie, sin embargo no se aleja de lo que se conoce como Catarsis (catharsis) palabra griega utilizada por Aristóteles para designar el proceso de purga o eliminación de las pasiones que se produce cuando el espectador asiste en el teatro a la representación de una tragedia. Freud y Josef Breuer denominaron método catártico al procedimiento terapéutico mediante el cual un sujeto logra eliminar sus afectos patógenos, y después abreactarlos (Abreaccion, del latín ab: fuera de, reo: vuelta, retorno, y actio: acción. Reaparición en la conciencia de una emoción pasada, olvidada o mantenida en el subconsciente por barreras psíquicas., al revivir los acontecimientos traumáticos a los que aquéllos están ligados), sin embargo el trabajo de Alejandro Jodorowsky explota mas el aspecto teatral por medio de una situación-acción que permite al individuo confrontar su problema y solucionarlo, aparentemente, sin mas esfuerzo que la disposición y fe del individuo en lo que está haciendo.

Las características de la psicomagia hacen que no sea bien vista por la comunidad médica y mucho menos por los psicoanalistas, y el escepticismo aumenta cuando su creador advierte al mundo de la existencia de charlatanes que buscan lucrar con su método ya que este conocimiento sólo puede ser puesto en practica por él y nadie más; esto complica las cosas para quien desea probar con este tipo de terapia como alternativa porque Jodorowsky actualmente reside en París y sólo se le puede ver en sus conferencias por el mundo así como los martes en un café al cual acude frecuentemente para leer el Tarot a quien así lo desee.

Edoardo Vargas

¿Somos libres o independientes? Guerra de definiciones

Dos vocablos tan parecidos que a doscientos años de iniciada la lucha, se siguen celebrando. Hay quienes les encuentran distintas definiciones prácticas en la cotidianeidad, y otros que sostienen que la independencia se logra una vez ganada la libertad.

La libertad tiene varias acepciones, una de ellas y la que encuentro más representativa es la similitud con la palabra facultad. Ser libres es tener el talento, las condiciones, la autoridad y el don para poder crear. Así entonces, la libertad es amiga de la creatividad, y no importa qué sea creado, pues mientras ésto sea positivo, la creatividad y la libertad mantendrán la amistad,  de lo contrario la primera se convertirá en
libertinaje, siendo éste el producto de la deslealtad entre esas dos amigas.

El libertinaje finalmente se entiende, por ende, como el desenfreno de los impulsos humanos, y generalmente incurrimos en ello por la falta, durante tanto tiempo, de la merecida libertad que todos nos debemos y privamos, gracias a los constantes errores que naturalmente siempre tendremos en la forma de dirigir nuestra vida.

De igual forma, la palabra independencia encuentra su mejor sinónimo en autosuficiencia. Y así como libertad hizo de la creatividad su amiga, del mismo modo independencia encuentra en la autodeterminación y en la individualización el soporte necesario para que ésta pueda ser gozosamente pronunciada y aplicada.

Ser independiente significa por lo tanto poder decidir, vivir, soñar o volar sin esperar el consentimiento de una segunda opinión o parte.

¿Entonces en verdad se logra la independencia una vez ganada la libertad? ¿O acaso sucede al revés? Tratemos de definirlo, investigando de qué forma se vive día a día.

Ixchel Carolina Rodriguez

Televisión, periódicos, revistas y el 11-S

Conocía yo las intensiones de este proyecto desde sus primeros bosquejos. El formato tabloide no era el límite, quería crecer, ser una medio comprometido con las diversas verdades que moldean nuestro mundo. El paso de periódico a revista era un asunto de tiempo. Y henos aquí, yo escribiendo y usted leyendo, para y desde, repectivamente, una revista. El cambio físico me alegra, las consecuencias conceptuales son las que me hacen reflexionar. El pase de periódico a revista tiene más aristas que la cantidad de pliegos encabalgados y engrapados. El formato mismo de la revista la hace depender de patrocinios disfrazados de mecenazgos que cohartan las posibilidades críticas que en ella se pueda vertir. Pierre Bourdieu, escribe su ensayo Sobre la Televisón (Edit. Anagrama, 1998) derivado de un programa transmitido en ese medio. Empieza su análisis dejando claro lo paradójico que resulta hablar de libertad a través de un canal que en su naturaleza misma está el no ser libre. La televisión y las revistas son medios masivos, eso las hace uniformar su contenido, instalar pantallas para hacer creer al consumidor de información que consume prescisamente eso: información. Los mass media, participan de la mano del sistema capitalista para mantener engrasada la maquinaria de consumo y el status quo. Canales como Discovery Channel quieren crear la idea de debate hacia la opinión pública, el televidente creé que participa en la producción de contenidos. Con revueltas, revolución e inestabilidad, el mercado local no funciona (más sin embargo, sí el internacional, a través de la economía de guerra, claro). La televisión y la revistas, como parte de los medios masivos, en términos generales no propician el debate, ni la producción cultural. Contamos con programas televisivos de “crítica periodística”, crítica que desde el transmisión sabemos qué temas están fuera del debate: los patrocinadores y los diversos intereses que hacen posible la señal televisiva. Las frecuencias de TV, dadas por el Gobierno solicitaban un diezmo a través de tiempo aire, hoy ese pago se da a través de la moderación crítica. El periódico tiene en su estructura informativa el mayor frente de batalla contra el sistema. El precio mismo del rotativo sustenta la veracidad de las opiniones, la publicidad es circunstancial. Menos costos operativos, menos publicidad, menos intereses, más veracidad. Las revistas, con sus múltiples páginas, en papeles encerados, tirajes relativamente bajos y en selección a color, organizan un equipo de trabajo alrededor de un negocio que se vende como canal de comunicación, pero ¿qué comunica?, y más interesante aún ¿cómo? El New York Times con un tiraje de más de 1 millón de ejemplares diarios recordó en el 2001, el 11-S, por qué se ha mantenido por más de 150 años como un medio verás (al menos del American way life). El rotativo marcó la tendencia informativa, que sirvió de ejemplo para los demás diarios, al verter datos fidedignos sobre la relación entre los árabes saudíes y el ataque. Las revistas, por otro lado, se mostraron mesuradas en los comentarios. Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, toma el título de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. El papel y la democracia arden, el primero a los 451°F y la segunda cuando los canales informativos se venden a intereses. Contrafirma®, la revista, deberá establecer una clara línea crítica para posibilitar el debate, debate limpio y respetuoso que cualquier sociedad requiere. Psicoanalistas, sexólogos, semióticos, diseñadores, literatos, comunicólogos, pornógrafos, filósofos, todos deverán vaciar contenidos sosteniendo su verdad y nada más que ella. Mis saludos a todos. 

Oscar Contreras

La magia de la percepción

Domingo. Siete de la tarde. Entro al supermercado para realizar las compras habituales de cada fin de semana. El recorrido me lo sé hasta con una venda en los ojos. No llevo lista, no es necesaria; tampoco es que presuma de una gran memoria, pero después de hacer lo mismo durante tantos años los artículos que debo comprar los tengo bien grabados. Es quincena y el lugar se encuentra atiborrado de gente, es un caos, pero lo disfruto; no me pregunten por qué, ni yo lo entiendo, siempre ha sido así; supongo que tal vez me desconecta de mi ajetreada vida y me permite comportarme como lo que en realidad soy: un simple mortal haciendo el súper.

Me dirijo al área de frutas y verduras y escojo las que, a mi juicio, son las más frescas. Después, paso por la leche, la mantequilla, los cereales, el pan de caja, la mermelada, las galletas... ¡las galletas! Esta sección me encanta. Me detengo. Miro con detenimiento a lo largo y ancho del pasillo y voy decidido a tomar mi paquete favorito. Justo a mi lado una joven pareja discute. Él: “mi amor, estas son las galletas que siempre llevamos, las que le encantan a Pablito”. (Pienso, “estoy de acuerdo, esas galletas son insuperables”). Ella, insistente: “sí, Pablo, pero éstas hasta se antojan y las tuyas... Ay, no. Míralas bien”. No puedo evitar detenerme a escuchar con disimulo tan singular discusión. Así que actúo como si buscara algún producto mientras aguzo el oído. Él: “a ver, enséñame la caja”. Ella le pasa el empaque y de reojo veo la cara principal. ¡Guau! ¡Qué galletas! Perdón, quise decir, ¡qué empaque! La caja es negra, sofisticada; muy gourmet. Unas letras elegantes con filos en dorado describen el producto. Al centro se aprecia una fotografía bien trabajada (photoshopeada) de dos galletas, una de ellas partida por la mitad, mostrando el cremoso relleno que prácticamente se derrite en mi boca. Mmm... (imagino) de-li-cio-so. Estoy salibando. Son idénticas a las galletas que siempre compro, pero éstas tienen un no sé qué que qué sé yo. Todavía no las pruebo y ya las quiero. Él revisa con detenemiento la caja, la mira a ella, vuelve a ver la caja, piensa y dice, “tienes razón, se ven muy ricas, se nota que son mejores. ¡Ah, jijo! (abre los ojos de forma desmesurada) ¿Ya viste cuánto valen?”. Ella,  con actitud seria, levanta una ceja. Él: “está bien, está bien, tú ganas” Ella, triunfante, responde: “verás cómo tengo razón, las mujeres siempre tenemos la razón”. Sonríe divertida y le guiña un ojo. En cuanto se retiran me paro frente a la fila de empaques y tomo las mismas galletas. La caja, y sus argumentos, los de la pareja, me convencieron. No hay duda, me estoy llevando las más sabrosas de la tienda.

Todo lo anterior no tendría nada de particular a excepción de un detalle: soy diseñador gráfico y con frecuencia doy charlas acerca de la percepción, la intuición y la persuasión, pero desde la óptica del diseño y la mercadotecnia. La escena que acabo de presenciar antes es una evidente muestra de lo que se denomina “calidad percibida”. Dicho en otras palabras, no compramos el mejor producto sino el que parece serlo.

La percepción es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “la sensación interior que resulta de una impresión material hecha en nuestros sentidos”; en este caso, el de la vista. Todo, absolutamente todo lo que compramos en nuestro mundo consumista lo hacemos por percepción. Las galletas, las del ejemplo, cumplen dos satisfactores: uno físico y otro emocional. El físico es calmar nuestro apetito; el emocional, disfrutar un sabor único y complacer nuestro capricho; incluso, nuestro ego.

La intuición es un cúmulo de experiencias que hemos guardado a lo largo de nuestra vida y que nos permite tomar una decisión no razonada. La percepción y la intuición van de la mano en este caso. Mediante la vista aprecio un producto con taste appeal (apetitoso), a la vez que mi subconsciente me envía mensajes con base en experiencias pasadas; es algo así como una voz interior que me dice: “llévalo, luce confiable y, además, ¡sabroso!”.

La persuasión es una serie de argumentos visuales (y tal vez literarios) que el empaque de las galletas me envió para que yo me decidiera a escoger ese producto, en vez de otro u otros que estaban en ese momento exhibidos, compitiendo, tratando de destacar.

Las grandes marcas analizan muy bien a su mercado antes de lanzar un producto, y para ello se llevan a cabo complejos estudios de tipo sensorial, al igual que cualitativos y cuantitativos. No es fortuito que ciertos empaques o diseños nos enamoren a primera vista; detrás de ellos hay toda una estrategia.

Los productos, si no se trata de commodities (bienes que tienen demanda en el mercado pero que no presentan una diferenciación de tipo cualitativo), deben expresar valor, valor agregado; de lo contrario, será difícil que sobrevivan. Y ahí es donde entra la gran mayoría: ropa, automóviles, abarrotes, enseres domésticos, perfumes, cosméticos, y la lista se vuelve interminable. Esto también aplica para los intangibles, como los servicios. Dicho valor, cuando no puede demostrarse de manera evidente, como en el caso de los metales y piedras preciosas, tiene que hacerse obvio por otros medios; uno de ellos, y quizá el más importante, es la percepción. El producto / servicio debe hablar por sí mismo, sin más ayuda que la imagen que logra imprimir en el receptor (consumidor).

Resulta que cuando llegué a casa entré a la alacena y me di a la tarea de acomodar lo que había comprado. Curiosamente me encontré con una bolsa vacía de las que habían sido, hasta ese día, mis galletas favoritas. Por alguna razón comencé a leer la información legal (ingredientes, cuadro nutrimental, dirección y nombre del fabricante). Para mi sorpresa, era la misma de la caja de las nuevas galletas que me habían seducido y por las que, aparte, había pagado más. Fue entonces que descubrí que, con una pequeña etiqueta que había sido colocada en el extremo superior izquierdo, aparecía la siguiente leyenda: nueva imagen.

Juan Carlos García

Enfermos de Binarismo

El pensamiento binario regula nuestra visión del mundo: Amante-amado, víctima-victimario, vida-obra ¿Por dónde pasa la línea divisoria de estos pares aparentes? Nada es menos evidente. Aunque la dialéctica, la lógica, la topología, el psicoanálisis, nos enseñan que no hay tal dos, nos a ferramos a los pares, opuestos o complementarios. ¿Y si la división estuviera dentro y no afuera? ¿Por qué no podemos admitir divisiones móviles e inestables? Es lo que llamo la zona gris y que aparece por todos lados: amados en un lugar, amantes en otro; la secretaria es esclava de su jefe en la oficina y soberana en el reino del hogar.  Aunque todo grita que nada es binario, y aunque Freud nombra con una sola palabra “sadomasoquismo”, y aunque Lacan pone los tres registros para romper el dos, ¡nos gustan las parejitas! El pensamiento binario es atractivo: Una comprensión inmediata, una sencillez aparente, una generosidad al embotarlo todo con la crema del sentido. Uno es llevado casi naturalmente hacia las dicotomías y los pares de opuestos, como una especie de virus que mina y formatea realidades en una estética nada amable: Basta un “nosotros” para crear el “ellos” como enemigo.

Susana Bercovich

La iglesia Católica y el Fin de la Humanidad

La sexualidad es algo personal. Cada quién decide con quién hacer qué y con quién no (claro, siempre debe haber un acuerdo de los involucrados).

Una gran mayoría de la población prefiere a personas del sexo opuesto (sexualmente hablando) y menos prefieren a personas de su mismo sexo. Ésto difícilmente va a cambiar.

Sin embargo, personas y grupos creen que por el mero hecho de reconocer como algo normal la homosexualidad y reconocer a las parejas del mismo sexo como matrimonios (cuando así lo decidan las parejas), habrá una desbandada del bando heterosexual que tan rápido como se promulga una ley se volverán homosexuales.

Más aún, la Iglesia Católica que por un lado predica que deberíamos tener hijos como conejos pero por el otro les niega eso mismo a sus clérigos, cree ver un peligro inminente por cada persona que no se reproduce lo suficiente. Olvida que de reproducirnos como ellos predican, terminaríamos por colapsar el planeta y con él la Humanidad.

Ilán A. Goldfeder

Ausencia

Ese extravío de uno mismo por la causa no es nada voluntario
Margaritte Duras

Cuando una persona que forma parte de tu vida se va inesperadamente de ese capítulo que compartían, la vida da un vuelco como trompo chillador.  No es que la vida pierda el sentido, más bien se pierde un sentido que es irrecuperable, cada relación se llena de una diversidad singular. Singularidad que jamás se podrá compartir con alguien más.

Cada relación es como un pilar que sostiene nuestra subjetividad. De ahí la importancia que la caracteriza. Ese pilar no podrá ser derribado ni aún con la partida, pues esa partida se produce sólo en la no presencia de una de las personas que conforman el pilar. Su ausencia, por fortuna, no se da en el imaginario, y mucho menos en el recuerdo, las líneas que escribieron el capítulo no se borran.

El recuerdo es un recurso poderoso para seguir produciendo.  Las imágenes insertas en esa escena, en la creación de esa columna, de sus detalles, de sus acabados postulan un horizonte inigualable.  También enmarca sentimientos que seguirán presentes en cada encuentro con el pasado, deviene como desesperación o soledad.

Los capítulos que le siguen contienen vacios, vacios que se producen entre las letras, letras no menos importantes pero incapaces de reproducir  lo que en la vivencia quedó situado sobre la historia.

Un capítulo, salvo el primero, no se escribe sin uno que lo antecede, el anterior marca lo que sigue por escribir, pero lo que se escribe es indiscutiblemente, a mi parecer, nuevo. De ese acontecer surge algo maravilloso, la creación de nuevos destinos que encumbran otros bosques por conquistar.  En esa nueva conquista te lanzas sin querer -y deseando así-a la búsqueda de esa grieta que jamás será resanada, fantasma que lo inaugura, soledad que lo acompaña. Sentimiento de soledad en el que te encuentras. Ausencia que te conquista.

Miras a tu alrededor buscando palabras que puedan describir la ausencia.  Ausencia que te acosa. ¿Cómo describirla? No hay palabras, no hay textos que puedan nombrar claramente un sentimiento que te arrebata, que te enajena y que como un trampolín te lleva irremediablemente al encuentro de un vacío., vacío que no es ausencia.

Cuando uno siente la ausencia se produce esa presencia que da cuenta de un vacío por la falta de eso que se añora. Sólo con esa ausencia se puede articular una palabra que pretende llenar lo que falta. Entonces, uno se encuentra en la necesidad de continuar con la búsqueda interminable de satisfacer eso que nos aqueja sin atinar al objeto que satisfaga nuestro deseo. Esa presencia ausente proveerá de nuevas búsquedas, búsqueda que nos llevarán a un fracaso para poder continuar deseando.

Miriam Fuentes

(sin título)

No lo puedo creer, he sido despojado del cetro de máxima autoridad doméstica. Todo comenzó unos días atrás: me encontraba sumido en un estado de semi-inconsciencia frente al televisor, canal tras canal desfilo en un parpadeo, una inusual inestabilidad en el volumen y para rematar  el aparato me abandonó, se apagó. Sobresaltado, como si de una máquina de respiración artificial se tratase, sólo que en este caso, en lugar de dar paso a un apacible final, desperté de la muerte idiota. Con pensamientos funestos, -ya se chispó esta maquinita, no la he terminado de pagar, la garantía ni siquiera pasé a sellarla. Era tal mi desconcierto que en absoluto noté que el despojo había sido consumado. Ahora que lo pienso fui victima de un típico tratamiento de Shock, mientras que me encontraba sumido en el más profundo desconcierto producido por la perdida del equilibrio económico e incluso  emocional, al verme aislado de mi dosis diaria y vital de aislación intelectual, se cerraba la pinza y era, como ya lo dije, y usted querido lector seguramente a anticipado, privado del acceso al control remoto del televisor.
Mi hijo, un niño muy de su época, se apropió de mi autoridad para acto increíble: modificar el valor simbólico y reducirlo a micrófono improvisado. Su tiranía me plantó ahí algo así como cinco minutos reducido a masa, cuyas únicas opciones son aplaudir o pasar a cantar.
Una vez recuperado del susto y terminado el recital, pensé en lo sorprendente que es cómo un mismo objeto no sólo adquiere funciones mecánicas distintas de acuerdo al usuario sino simbólicas si bien ambos casos mi cetro como su micrófono terminan siendo objetos de los cuales emana poder, el primero embota en la más impune pasividad, mientras que el segundo, por el contrario irrumpe con las más radicales tomas de posición respecto a la propia existencia.
El cambio mecánico es probablemente el más complicado de constatar. Para poder entenderlo se tendría que aclarar que un cambio mecánico no implica un cambio físico. En el caso del hijo cantaor, la forma de agarrar las cosas convierte una herramienta para controlar las funciones de la televisión y cambia al ser tomada como una herramienta, en este caso, para remarcar el canto. Un ejemplo probablemente más cercano a nuestra vida es la bendición visual que representa un par de tacones en unas largas piernas, que intempestivamente ante la mal interpretación de un piropo, se pueden empuñar como arma obligando a cualquiera a pasar del disfrute visual a la huida.
En efecto el supuesto cambio es más bien perceptual, depende de cómo veas el objeto ya sea el control, ya sean los tacones, o los piropos. Pero estos cambios son fundamentales y se encuentran profundamente inmiscuidos en el desarrollo de tecnologías, formas de administración y políticas. Cuando como niños tomamos ideas de aquí y las aplicamos en funciones que no les corresponden lo que hacemos es establecer relaciones novedosas que fundan una forma de existencia distinta de los objetos, las técnicas o las estrategias. Esta relación es pues una idea en términos bastante corporativos. En esa idea se basa por ejemplo la consigna que reza: los conflictos no son malos por el contario son oportunidades. Lo cual en la práctica ya no es tan abstracto ni volado como suena. Es más, es el grito de guerra que la mayoría de nosotros asalariados conocemos y antecede a la tormenta. Después viene la paranoia de los procesos de certificación, el reajuste de los reglamentos y las reestructuraciones infamemente famosas hoy por hoy.
Las ideas tienen un peso que de alguna manera las personas de a pie, atrapadas en el día a día, en la trama televisiva y en llegar a la quincena ante que el hambre, nos resultan risibles y como buenos adultos pues no estamos para jueguitos. Estos jueguitos imaginativos valen e implican formas de producción de relaciones que, quien quit,e sean más justas que el amiguismo, el tráfico de influencias o del estado policial que nos cuida en las calles pero que no ve por nuestros intereses. No lo sé, la imaginación no tiene límites, lo que no quiere decir que lo pueda todo, sólo que es impredecible.

Alejandro Espinoza

Niños que se arrojan contra los vidrios

Cuando se aborda el metro en la Ciudad de México es muy frecuente encontrar niños pidiendo monedas mientras su hermana mayor (de no más de 12 años) toca el acordeón, niños vendiendo paletas, niñas conduciendo ancianos ciegos que cantan “la guadalupana” mientras solicitaban “una caridad por amor de Dios”. Y quizá lo más impresionante: chicos sin camisa, con la espalda y los brazos llenos de cicatrices, que arrojan una sabana llena de vidrios al suelo del vagón y se anuncian: “buenas tardes señores pasajeros, en vez de asaltarles, secuestrarles o hacerles algún daño, venimos solicitando su apoyo y por eso preferimos lastimar nuestros cuerpos, para pedir una monedita”; acto seguido, uno de ellos se arroja de espaldas contra los vidrios, se azota con fuerza, repite esto dos o tres veces. En suma, niños sin presente, sin futuro, a merced de todos los abusos.
Las acciones con que las Iglesias, políticos y grupos conservadores atacan los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, los jóvenes, la diversidad sexual y todo aquello que según ellos “atenta contra la vida” son incompatibles con la vida y la dignidad humana que ellos mismos dicen defender. Basta abrir los ojos a lo cotidiano: ni podemos seguir reproduciéndonos como conejos, ni imponer la maternidad a las mujeres, ni negarles a los niños sin techo y sustento la posibilidad de ser adoptados por dos hombres o dos mujeres que han decidido fundar un hogar juntos y desean darles a estos chicos casa, educación, y la posibilidad de construirse un futuro digno.
Seguramente ni los obispos ni los políticos de derecha se suben cotidianamente al metro. Me inquieta pensar que no ignoran lo ocurre en esos vagones, pero les mueve más el inconfesable odio  hacia quienes tienen una orientación sexual diferente que el amor a los niños que proclaman. El cardenal Iñiguez preguntó a sus fieles en una misa, “¿quién de ustedes querría ser adoptado por un par de maricones o de lesbianas?” Si ser adoptados les permitirá librarse de la pobreza y cambiar su destino, muchos de esos niños querrían. ¿Que los van a discriminar? Bueno, posiblemente: los mismos que siguiendo las enseñanzas de sus líderes religiosos llaman “maricones” a sus prójimos mientras comentan la Biblia.

Moisés Hernández

Julio Cortazar: el espejo del Axolotol

Agradezco a Dany-Robert Dufour por sugerir
durante una plática leer un cuento de Julio Cortázar: Axolotl.

El cuento trata de la relación del humano con el mundo del espejo y en particular, con la imagen de su cuerpo. Una imagen no es el cuerpo, es la imagen. El humano con el Axolotl vive la experiencia de una naturaleza perdida y al mismo tiempo, se establece para él su condición de vivir en el desamparo.

Esa experiencia llevó a Lacan a subrayar que: Nuevamente aquí lo que me parece eminente es precisamente esto por lo que nos abre también la estructura psicótica como algo en lo que tenemos que sentirmos como en casa. Si no somos capaces de percibir que hay un cierto grado no arcaico para ponerlo en alguna parte del lado del nacimiento, sino estructural en el nivel en el cual los deseos son, hablando con propiedad locos, si el sujeto no incluye en su definición, en su articulación primera, la posibilidad de la estructura psicótica, nunca seremos más que alienistas. Pero cómo no sentir vivamente, como les ocurre todo el tiempo a aquellos que vienen a escuchar lo que se dice aquí en este seminario cómo no percibir que todo lo que comencé a articular este año a propósito de la estructura de superficie del sistema y del enigma referido a la manera en la que el sujeto puede acceder a su propio cuerpo, que no va de suyo, lo que todo el mundo ha advertido siempre ya que esta famosa y eterna distinción de unión o desunión del alma y el cuerpo constituye siempre después de todo el punto de aporta en el que se hacen añicos todas las articulaciones filosóficas. ¿Y porqué no nos sería posible precisamente a nosotros analistas, encontrar el pasaje? Sólo que esto necesita una cierta disciplina y en primer lugar saber cómo hacer para hablar del sujeto.

Siguiendo con su descubrimiento Lacan dice: El nacimiento del sujeto se sostiene en que no puede pensarse más que como excluido del significante que lo determina.

Cada humano está hecho de aquello que lo determina y de eso está excluido. El desamparo indica como condición primera la locura y además que allí se juega la suerte de la constitución de un sujeto. Lacan lanzo un escrito mítico sobre El estadio del espejo…, se trata de un momento primigenio estudiado por él a partir de la  “psicopatología” de la imagen, en particular de la identidad y de las identificaciones consecuentes. Así Ernst Wagner ¡Ecce animal!, aquello que lo constituía era lo que lo volvía loco. Su locura era la locura de tener un cuerpo.
 
Veamos cómo y a dónde nos conduce Julio Cortazar, en su recorrido por Tabasco: Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin Des Plantes  y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl. Consulté un diccionario y supe que los axolotl eran mexicanos.

Julio describe un animal que pertenece a dos mundos: está aquí y allá, tiene una dificultad para ubicarse en el espacio y en el tiempo, en la medida en que antes era una cosa y después otra, una situación semejante a los avatares de la identificación

No hay nada de extraño en esto (se trata del encuentro), porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos

Se suele pensar que un encuentro resuelve una falta, no se le da el lugar a que el encuentro permita encontrarse con algo que falta, una falta que no habíamos perdido ¿Dónde estaba?

Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior...Sus ojos, sobretodo, me obsesionaban...Los ojos del axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía, inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos...Los ojos  de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo

Aquí aparece un elemento nodal del encuentro especular, su cuestión  no está en la imagen sino en el objeto no-visible presente allí.

La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles...Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales...Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lucido, me penetraba como un mensaje: “Sálvanos, sálvanos”... Me sentía innoble frente a ellos (los axolotl). Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas, inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable , ¿qué imagen esperaba su hora?...Usted se los come con los ojos”, me decía riendo el guardián...No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos, en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia...Los ojos del axolotl no tenían párpados.

Cortazar ofrece al psicoanalista un trazó interesante: ubicar el tema de la ingesta en su correlato con eso que se llama anorexia: sus relaciones con el superyo concretizado en un objeto evanescente: la mirada. En espejo está adentro lo que aparece como si estuviera afuera donde  es no-visible.

Ellos y yo sabíamos…Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojoso trataban una vez más de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía muy de cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Alberto Sladogna