jueves, 2 de diciembre de 2010

El cuerpo letrado

(Remitirse a la edición impresa, digitalizada un poco más arriba, para tener el referente descrito en este texto)


Y también el sujeto, si puede parecer siervo del lenguaje, 
lo es más aún de un discurso en el movimiento universal 
del cual su lugar está ya inscrito en el momento de su nacimiento, 
aunque sólo fuese bajo la forma de su nombre propio.

Jacques Lacan, Escritos 1


Unos años atrás, el despacho de diseño inglés Taylor Lane ganó el Europe’s Premier Creative Awards (Epica) en la categoría de Publicaciones. Un facsimil, el más apropiado para este escrito, se presenta en la parte  superior. El creativo no fue el primero, ni será el último que construya con las letras, a la manera de un lego particular. Empero, el ingenio mostrado abre la puerta al cuestionamiento de qué tan lejos está la imagen mostrada de lo que consideramos la realidad. La sexy chica nos mira desde ceros devenidos a ojos, enmarcados por ondulados y sedosos ampersan, gustosos de ser acariciados, boca entre paréntesis y pezones rojos, tan rojos como pueden estar una c y una u, posiblemente avergonzadas, pero orgullosas de ocupar esa privilegiada posición.

El registro simbólico al que pertenecemos, producto del lenguaje, parece manifestarse en la anatomía de la modelo. Nuestros cuerpos, conformados por discursos, mantienen la ilusión de la unidad, ilusión que se ve objetada en la forma en que las palabras nos penetran. Cada palabra es un significante que llega al sujeto de una manera muy particular, distinta para cada uno y posiblemente distinta para cada ocasión, es la metonimia de la cadena significante que la hace infinita y hermosa. Pero parece que no tenemos muchas opciones, la particularidad de estar inscritos en el lenguaje nos ubica en un terreno simbólico, al margen del real. Nuestra mano, por ejemplo, al momento de nombrarla, la simbolizamos y vemos sólo un significante, no la mano en sí, el objeto se destruye ¿Cuál es el poder de la letra que se encuentra instalado en cada uno de nosotros y crea nuestra singularidad?  ¿Qué es esa cadena de palabras que describen mi mundo, mundo que resulta obscuro para el otro?

Las letras corpóreas de nuestra modelo le dan forma: cabello, brazos, rostro, están moldeados por letras, pero nosotros no vemos letras nada más, vemos una mujer, un juego entre fondo y forma nos introduce y saca de esta ilusión. Con el cuerpo real pasa algo no muy distinto. La palabra nos moldea a gusto. A manera de aves inquietas, las palabras me rodean, pero no cualquiera de ellas, sólo las de mi lengua materna. Podrán llegar muchas palabras en diversos idiomas, pero la lengua materna me seguirá hasta la muerte. Derrida, escribe en El Monolinguismo del otro

Me siento perdido fuera del francés. Las otras lenguas, las que más o menos torpemente leo, descifro, en ocasiones hablo, son lenguas que no habitaré jamás.

En una cita poco afortunada, nuestras lágrimas quizá fueron precipitadas por un adios antes de tiempo. Si fueramos como la modelo tipográfica, las lágrimas posiblemente podrían constituirse con letras u, a manera de gotas, tal y como los emoticons de un joven reflejan la tristeza en un mensaje de texto. La palabra adios, en un contexto determinado, puede representar ausencia, dolor, pérdida. La palabra adios nos puede llevar de un momento de pesar, manifiesto en el llorar, hasta la muerte misma. ¿Cómo es posible que una palabra logre eso? Y lo és. Dar cuenta de la realidad o de nuestro cuerpo mismo fuera del lenguaje, es querer crear una metarealidad de lenguaje nuevamente, y así ad infinitum.
Dos cuerpos en un abrazo íntimo y pasional no debería de ser una imagen muy lejana de una caja de tipos móviles de imprenta colocadas al azar, ¡letras por todos lados! Todos los discursos están ahí, desordenados, pero presentes. En una caja de tipos móviles, que contenga todos los signos de nuestro abecedario, encontramos desde La Ileada, hasta El amor en los tiempos del cólera, pasando por las palabras y gemidos dichos y emitidos por la pareja, porque, si no es desde el lenguaje, ¿donde se encontrará la materia prima de lo que llamamos realidad? El asunto es ordenarlos y estructurarlos de manera coherente. Un cuerpo letrado no es, pues, una metáfora, es representar sobre el papel una construcción más apegada a nuestra carnalidad. Mirar El David, de Miguel Angel, es mirar la construcción ontológica que del ser se ha hecho. La fuerza de sus formas plasmadas en la piedra solo refleja la fragilidad misma de ese constructo. 

Tener glúteos firmes como paréntesis abiertos o muslos turgentes como letra l [ele] times italic, quizá no sea tan disparatado ahora.




Alejandro Ahumada, Diseñador y Psicólogo

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