viernes, 28 de enero de 2011

Una mirada a lo monstruoso

(Ver infografía para asociar el texto correspondiente)


El ojo social señala lo monstruoso de manera clara y contundente, desde deformaciones físicas hasta morales, desde aberraciones de la naturaleza hasta creaciones fantásticas de los artistas más rebeldes. La mirada inside día a día desde el ojo de cada ser, es esa mirada la dictaminadora de los cánones de belleza y su correspondiente fealdad, de lo bueno y lo malo, de lo normal y anormal. Los protagonistas deformes de los circos, refugiados en las sombras al no dar su espectáculo, es posible que deambulen por la calle en otra época, mostrando orgullosos su fealdad, siendo los otros los que oculten su normalidad ¿No la palabra mediocre viene de medio-creer, medio vivir, estar en la media, dentro de la norma, ser normal?, así entonces, ¿qué es un monstruo? 

Paradigma de la mostruosidad hacia la raza humana, Hitler, el Führer del Reich no. 3, representa el arquetipo contrario a la bella en cualquier historia. Iván “El terrible”, Idia Amin, Andrei Chikatilo y una larga lista representa lo que para la sociedad es monstruoso. La monstruosidad como algo ajeno a lo físico y más bien constitutivo del sujeto da paso a visiones de lo feo no encontrando como límite la estética ¿Qué monstruo irrumpiría con más fuerza en nuestras pesadillas?
Castigo de Poseidón, el Minotauro refleja los miedos más profundos de la sociedad griega: Una bestia mitad hombre, mitad toro que sólo se alimenta de carne humana. Teseo libera a Creta de 27 años de terror dándole muerte en el mismo laberinto construido por Dédalo para contener su furia. Estas bestias híbridas de fantasía poco han cambiado al pasar los siglos, muestra que el miedo a los monstruos permanece, en sus bases primarias, inamovible. Lo que despertaba en las noches a los griedos es lo mismo que nos despierta a nosotros milenios después.
La erótica hacia lo diferente, raro, abyecto, no es novedosa. El arte pictórico es rico en ejemplos. El español Velázquez lo mismo pintaba a las Meninas que a los enanos de la corte cuyo trabajo era entretener. Varias son las pinturas que reflejan la atracción que tanto el artista como la sociedad del s. XVII sentían por las personas que ocupaban un lugar marginal en el contrato social. En “Historia de la fealdad”, U. Eco da ávida cuenta de la fascinación que no sólo por la belleza sino de un modo perverso se tenía también por la fealdad. El estilo de Goya y Lucientes, en particular en sus trabajos sobre gigantes y mitos griegos, da cuenta clara de una estética de lo feo que no es privativa de un pequeño grupo o una época.
El capitalismo, en su modalidad de consumismo abrazador, reconoce nuestra fascinación por lo ominoso. Películas, libros, videojuegos, música, ropa, programas de T.V., páginas de internet, blogs, revistas y todo lo comercializable encuentra en lo monstruoso un campo fértil para producir capital. La belleza vende y muy bien, pero no menos lo hace su contraparte ¿Es lo anterior una señal?, ¿es muestra de una descomposición en el lazo social?  No lo parece así, sólo lo comercializable en extremo merece aquí nuestra atención, el gusto por lo mostruoso no nos aleja de la mirada de cualquier espectador morboso de siglos atrás que asistía a algún espectáculo itinerante mostrando a la mujer barbuda, por ejemplo.
En épocas recientes, lo monstruoso a pasado de ser el modelo de ente despreciable que nos ayudará a la educación condicionada de los niños a personajes que pueden, a través de sus mismas diferencias, lograr conectarse con su visión de la vida. Los cuentos de Perrault, y los hermanos Grimm, con sus concepciones de lo monstruoso a través de la bruja mala o el lobo feroz sentaron las bases para poco a poco habituarnos a dejar convivir a los niños con historias que incluyeran seres diferentes. Monster Inc. (Pixar, Inc., 2001) lleva lo anormal al extremo al realizar el impase de monstruos malos a monstruos buenos, conviertiendo lo despreciable que lo caracteriza y lo constituye en un ser   tierno, no por ser bueno, sino por ser diferente, imposibilitando la igualdad. Valorar al feo y diferente por eso y no por sus actos parece ser una regla que se manifiesta en la culpa social moderna a los discapacitados, disfrazada de altruismo. 


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