miércoles, 11 de agosto de 2010

El caldo de cultivo social

La vida social no es fácil. ¿Cuál es el camino correcto para alcanzar el éxito, el respeto y la valoración de aquellos a quien uno valora? El odio a veces es justificado por injustos maltratos no merecidos. ¿Quién define lo que es justo y lo que no lo es?

El éxito económico de la corrupción en los altos niveles de la administración humana contradice los discursos de los políticos prometiendo la justicia social para todos. Somos tanto víctimas como cómplices de un juego imposible de modificar. Cubierto de un manto de silenciosa y elegante hipocresía que resulta peligroso denunciar. La salud mental consiste en vivir en sociedad sin cuestionarse la misma hipocresía y ser cómplice del pacto de silencio. La enfermedad mental denuncia que algunos no pueden soportar este “juego” y quedan intoxicados con la angustia y el odio.
La meta es lograr un lugar digno en la sociedad.
Una meta fundamental de la competencia social es el dinero que permite disfrutar de la exuberante tecnología desarrollada, adquiriendo los infinitos objetos que otorgan su categoría al status. Con la sofisticada tecno-logía que el ingenio humano ha desarrollado, la competencia no tiene límite. El dinero que se obtiene por el trabajo personal es el reconocimiento que la comunidad otorga. Para una amplia mayoría, resulta significativamente negativo. La hostilidad que esto genera, comienza un proceso donde la locura social, la guerra y el genocidio están en el extremo de un camino de corrupción social que a nivel individual puede traducirse en alcohol, droga, prostitución, robo, locura o suicidio.     El desprecio al otro semejante es la contraseña para justificar la conducta hostil hacia él, siendo la lucha de clases (el desprecio a las clases inferiores) la mas habitual. En la pirámide social todos quieren estar arriba y entonces someter a los de abajo. Subir en la escala social es sumamente agradable, bajar es doloroso. Igual que despertar envidia produce placer; mientras que sentir envidia duele.      La situación social puede justificar la hostilidad que produce, por las injustas frustraciones que impone. Reclamamos a la familia la responsabilidad de criar a los nuevos miembros de la comunidad. Pero si el ambiente social no es capaz de imponer una jus-ticia social en su me-dio, lo que es utópico, éste será el caldo de cultivo donde la perversión y la locura estarán a sus anchas. Y decidir entre la justificación o la condena de una actitud hostil no siempre es una tarea fácil.
Si el odio surgido por la frustración toma forma en la clase social sometida a las injusticias impuestas por la clase dominante, puede manifestarse en una de las tantas revoluciones cruentas que ilustra la historia. Lamentablemente jamás se concretó su intención de imponer una justicia social, lo que la ética teórica pretende para la especie humana. Demostrando una vez más que la naturaleza humana se opone a que esta utopía se concrete.


Manfredo Teicher

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